¿Y si un día los antibióticos dejan de funcionar?

Durante décadas, los antibióticos fueron considerados uno de los mayores triunfos de la medicina moderna.

Gracias a ellos, enfermedades que antes podían causar la muerte se volvieron tratables y procedimientos médicos complejos, como cirugías, trasplantes o tratamientos contra el cáncer, pudieron realizarse con mayor seguridad.

Sin embargo, hoy enfrentamos una realidad que preocupa a científicos, médicos, farmacéuticos y organismos internacionales de salud: cada vez existen más bacterias capaces de resistir a los antibióticos que antes las eliminaban con facilidad.

Dicho de manera sencilla, estamos perdiendo algunas de nuestras mejores armas contra las infecciones.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado en repetidas ocasiones que la resistencia a los antimicrobianos constituye una de las mayores amenazas para la salud pública global y, aunque el tema suele parecer lejano o reservado para hospitales altamente especializados, la realidad es que nos involucra a todos.

Para entender el problema, imaginemos una población de bacterias, cuando una persona toma un antibiótico, la mayoría de ellas mueren, sin embargo, algunas pueden poseer características genéticas que les permiten sobrevivir, estas bacterias resistentes continúan multiplicándose y transmitiendo esas características a otras bacterias, con el tiempo, los antibióticos dejan de ser efectivos.

Lo más preocupante es que las bacterias pueden intercambiar información entre sí, incluso entre especies diferentes, propagando rápidamente genes de resistencia a los antibióticos, donde el resultado es la aparición de las llamadas “superbacterias”, microorganismos capaces de resistir múltiples tratamientos disponibles.

Una de las bacterias que actualmente preocupa a la comunidad científica es Acinetobacter baumannii, aunque pocas personas conocen su nombre, se ha convertido en un problema importante dentro de hospitales de todo el mundo debido a su capacidad para sobrevivir en superficies durante largos periodos y resistir numerosos antibióticos.

Pero Acinetobacter no es la única, existen otras bacterias resistentes que generan infecciones urinarias, respiratorias, gastrointestinales o de heridas quirúrgicas que cada vez son más difíciles de tratar, las consecuencias van mucho más allá de una simple infección.

Cuando un antibiótico deja de funcionar, los pacientes pueden requerir hospitalizaciones más prolongadas, tratamientos más costosos, medicamentos con mayores efectos adversos e incluso enfrentar un mayor riesgo de complicaciones graves o fallecimiento.

Además, la resistencia antimicrobiana amenaza procedimientos que hoy consideramos rutinarios. Una cirugía sencilla, una cesárea o un tratamiento de quimioterapia dependen en gran medida de que existan antibióticos eficaces para prevenir y controlar infecciones, entonces surge una pregunta importante: ¿cómo llegamos a esta situación?

La respuesta es compleja, pero una parte importante del problema está relacionada con nuestras propias acciones.

Durante años hemos utilizado antibióticos cuando no eran necesarios, muchas infecciones respiratorias comunes son causadas por virus, contra los cuales los antibióticos no tienen ningún efecto.

Aun así, existe la creencia de que salir del consultorio sin un antibiótico significa que la consulta “no sirvió”.

También ocurre con frecuencia la automedicación. Algunas personas utilizan antibióticos que sobraron de tratamientos anteriores, los comparten con familiares o amigos, o los suspenden antes de completar el tiempo indicado porque ya se sienten mejor, cada una de estas prácticas favorece la selección de bacterias resistentes.

A ello se suma otro problema menos conocido: la disposición inadecuada de medicamentos, cuando los antibióticos se tiran a la basura común o se desechan incorrectamente, pueden terminar contaminando el medio ambiente y favorecer la aparición y dispersión de microorganismos resistentes.

La buena noticia es que todos podemos contribuir a reducir este problema, no debemos automedicarnos ni consumir antibióticos sin una valoración médica adecuada.

  • No debemos compartir medicamentos con familiares o conocidos.
  • Debemos completar los tratamientos exactamente como fueron prescritos.
  • Debemos evitar exigir antibióticos cuando el profesional de la salud considera que no son necesarios.
  • Y también debemos informarnos adecuadamente sobre la forma correcta de desechar medicamentos, aprovechando los programas de recolección cuando estén disponibles.

Finalmente, vale la pena reflexionar sobre otro aspecto importante: la medicina debe mantenerse libre de conflictos de interés.

Si existen dudas sobre la indicación de un antibiótico o si percibimos presiones comerciales asociadas a su venta, siempre tenemos el derecho de buscar una segunda opinión profesional.

La resistencia a los antibióticos no es un problema exclusivo de hospitales, gobiernos o laboratorios de investigación, es una responsabilidad compartida.

Cada antibiótico utilizado de manera innecesaria es una pequeña oportunidad que damos a las bacterias para adaptarse.

Y aunque las bacterias llevan millones de años perfeccionando sus estrategias de supervivencia, todavía estamos a tiempo de actuar con inteligencia para conservar una de las herramientas más valiosas que la ciencia ha puesto en nuestras manos.

Hasta pronto estimado lector.

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