En una época donde la inmediatez y la tecnología suelen dictar el ritmo de nuestros días, el cine independiente mexicano sigue encontrando trincheras desde donde nos invita a detenernos. Durante el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia, el cortometraje Sobremesa se alza como una bocanada de aire fresco, una obra profundamente entrañable que aborda la metamorfosis de los vínculos familiares, el envejecimiento y los duelos cotidianos que habitan en silencio dentro de los hogares.
Escrito y dirigido por Karla Luna Cantú, y protagonizado por un talentoso equipo en el que destaca la actriz Natalia Plasencia, este proyecto nació de una necesidad íntima por observar el tiempo y su paso inexorable sobre quienes amamos.
Para su directora, la chispa de esta historia no proviene de un ejercicio estrictamente autobiográfico, sino de la acumulación de vivencias y preguntas que brotaron al observar a sus propios padres y la manera en la que lidiaban con el envejecimiento de los abuelos.
“Es como una pérdida gradual también, ¿no? Vas viendo una relación que tú tenías con una persona y a través de los años ya no es como era antes, ahora es otra cosa distinta (…) Creo que a través de los años es algo que empezó, una pregunta que empezó a surgir en mi cabeza de cómo me relaciono con mis padres a través del tiempo, cómo nos llevábamos cuando éramos niños, qué es lo que yo esperaba de ellos”, compartió Carla Luna Cantú.
Frente a un mundo acelerado, la realizadora reflexiona sobre si este cortometraje funciona como un llamado a mirar hacia atrás y arropar a los nuestros antes de que sea tarde:
“Sí, creo que la observación al final del día ayuda a tener esas reflexiones y para mí es como una forma de abrir una conversación y de cuestionarnos cómo me relaciono con mis padres, cómo me gustaría que fuera mi relación con mis hermanos, con mi familia, cómo nos tratamos. Y sí, creo que para mí es como abrir una puerta sin tener todas las conclusiones, pero para que cada quien reflexione de eso y pueda tener esas pláticas.”
Para Natalia Plasencia, unirse a Sobremesa significó una conexión inmediata y personal, atravesada por sus propias ausencias y vivencias familiares, como la pérdida de su padre a temprana edad:
“Siempre que me tocan ficciones tener un padre lo disfruto mucho, mucho, como que hay una añoranza ahí que creo que se dio solita, como que se aportó al personaje mi añoranza de tener un padre… y en la ficción pues creo que también hay una añoranza de lo que fue su padre y que ya no es, que ya prácticamente se está despidiendo o se está deteriorando mucho.”
La calidez que se percibe en pantalla no fue casualidad. La complicidad lograda en apenas tres días de rodaje transformó al equipo técnico y actoral en una auténtica familia fílmica:
“David Rencoret, que la hace de tu papá, al final del rodaje nos decía que sintió como por esos días como si hubiera tenido como una familia como en todos nosotros… Se generó una sensación de cercanía […] Eso fue lo que nos pasó en el rodaje, como que había una sensación de que esta familia fílmica estaba sana, todos hacíamos lo mejor que podíamos y sí, se generó una sensación hasta con la casa que también era otro personaje.”
Lejos de caer en el morbo o en los lugares comunes del melodrama, Sobremesa apuesta por la contención y por el peso de lo sutil. Inspiradas en un tono casi chejoviano, las creadoras apostaron por el juego y la improvisación controlada dentro del set.
“Era más como lo que no decimos y a lo mejor se trataba de la aprobación, de si mi papá va a estar feliz conmigo, o me voy a sentir amada […] Era más jugar con lo que no se dice que ser explícitos”, detalló la directora.
En un contexto industrial moldeado por la repetición y los algoritmos, Luna Cantú destaca la urgencia de revalorar el trabajo hecho a mano frente a las corrientes artificiales:
“Y más ahora en la época artificial, donde estamos constantemente siendo expuestos a muchas cosas que son muy artificiales, y con la inteligencia artificial que también viene a cambiarlo todo, yo creo que va a haber esta ola que va en contra […] donde la gente va a empezar a apreciar más lo artesanal, porque también se hace menos.”
La conversación también abrió espacio para reflexionar sobre los retos del talento actoral en México, la urgente necesidad de derribar los estereotipos de fenotipo y el prejuicio histórico —a veces de tintes caínitas— que el propio público mexicano suele tener frente a sus producciones nacionales frente a la maquinaria de Hollywood.
“Estamos haciendo un cine muy interesante, muy genuino, técnicamente súper competente, o sea, muy creativo, con formas auténticas […] Es momento de que como mexicanos […] dejemos de tener este prejuicio de que nuestro cine es malo, o de que nuestro cine es aburrido, porque es una idea creo que ya obsoleta, bastante obsoleta, desde hace mucho, entonces vamos a ver nuestras películas”, expresó Plasencia con pasión.
Con una mirada humana, honesta y cálida, Sobremesa se consolidad no solo como un ejercicio cinematográfico maduro para sus creadores, sino como un recordatorio urgente de que el cine más poderoso es aquel que nos devuelve el reflejo de nuestras propias emociones y nos ofrece, al menos durante unos minutos, un cálido apapacho en comunidad.


