Nudos de la vida común. Venezuela

En la medida en que sentimos lástima, sentimos que no somos cómplices de lo que causó el sufrimiento. Nuestra lástima proclama nuestra inocencia, así como nuestra impotencia. En esa medida, puede ser una respuesta impertinente, si no directamente inadecuada

  • Susan Sontag

Los terremotos del 24 de junio de este año hirieron profundamente al pueblo Venezolano. Fueron unos de esos terribles eventos que de manera violenta y sin anunciarse, cambiaron la vida de toda una nación, dejándola sumergida entre el dolor y la incertidumbre. Los países que hemos pasado por lo mismo, sabemos que este es el momento del trauma donde la prioridad sigue siendo rescatar sobrevivientes y recuperar los cuerpos de los fallecidos. Pero lo que viene es aún más difícil: la reconstrucción, no digamos de las ciudades, sino de la vida de cada venezolano y venezolana, cuya historia ha sufrido un desvío para el que nadie está preparado.  Para ellos y ellas, desde la empatía que solo da el haber estado ahí, nuestra más profunda y activa compasión.

El dolor visto a través de las pantallas, sin embargo, corre el riesgo de despertar la ilusión de la lástima, donde precisamente presenciamos el sufrimiento desde fuera y lo hacemos ajeno. Convertimos a los dolientes en los otros, casi agradeciendo que no pertenecemos a ellos y emprendemos una caridad exonerante que nos hace sentir buenas personas al mirar de reojo ese padecer colectivo.

Por supuesto, las donaciones masivas son una respuesta necesaria y es lo mínimo que podemos hacer como vecinos del mismo mundo. Sin embargo, momentos tan oscuros deben interpelar nuestras emociones, nuestras intenciones y nuestras acciones como miembros de una vida común sin importar si estamos a 20 metros o a 3500 kilómetros de distancia. En la tragedia todos tenemos un rol de corresponsabilidad, ya sea revisando las decisiones con las que contribuimos a que la situación sea aún más compleja, o bien, asumiendo una compasión activa que ayude al menos un poco a sanar a un pueblo en necesidad.

Lo más sencillo sería permitir sentirnos desconectados de las circunstancias y sus causas. Finalmente es fácil justificar nuestra inocencia pues al tratarse de un desastre natural en un país lejano podemos culpar a la mala suerte de los venezolanos y con eso estar en paz con nosotros mismos.

Sin embargo, debemos recordar que hace justamente seis meses, todos éramos expertos en lo que era mejor para los venezolanos, manoseando su crisis para apoyar nuestras posturas políticas y sociales, arreciando la polarización que solo sirve como coladera de la corrupción, el desencuentro social y la indiferencia. Una gran parte de la población latinoamericana montamos un show mediático de los problemas internos de esta nación, dejándolo crecer exponencialmente a través de las redes sociales y contribuyendo con eso a aumentar la división e incertidumbre del pueblo venezolano.

Es decir, en nuestro afán de afirmar y validar nuestras ideas, contribuimos rasgando el de por sí mermado tejido social venezolano, lo cual debilitó aún más su gobernabilidad, lo que al día de hoy, hace exponencial la vulnerabilidad de la población.  Esto es el efecto mariposa del cual no somos ajenos.

Las imágenes que reflejan el pesar que vive Venezuela, merecen nuestra atención y respeto y debemos dejar que nos perturben, que nos quiten la tranquilidad y que nos empujen a una compasión activa, donde quizás en lo inmediato, tender la mano signifique abrir solidariamente nuestros bolsillos, pero en el siguiente paso, nos conminen a asumir compromisos civiles como ciudadanos de la aldea global, donde no actuemos sembrando división y desprecio por la diferencia desde una supuesta inocencia, sino que cultivemos la paz y la esperanza desde la más profunda responsabilidad. 

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