Nudos de la vida común. El magisterio de la esperanza

La esperanza nos hace perseverar a pesar de todos los males del mundo

-Byung-Chun Hal

Si las y los profesores tuviéramos solo una cosa por enseñar, esa sería la esperanza.  Hoy más que nunca, maestros y maestros sabemos que nuestro oficio no se reduce a hacer accesible el conocimiento, sino que se trata de dar forma al futuro. Nuestro objeto de trabajo es sagrado: son personas con la mirada puesta en el porvenir y que para ello acuden a las aulas con la apuesta de que por el hecho de estar ahí, algo bueno pasará en sus vidas.

En esta época que nos tocó vivir, el conocimiento evoluciona con rapidez impresionante. Sabemos que lo que hoy conocemos va a evolucionar para cuando nuestros estudiantes se integren a la vida laboral, sin importar que eso sea dentro de  quince años o en tres meses. Ya no enseñamos más verdades absolutas, pues los contextos se transforman y la ciencia y la tecnología profundizan y avanzan a una velocidad vertiginosa, cambiándolo todo.

Ciertamente, los docentes no somos los arquitectos del destino de nuestros estudiantes, pues en un mundo volátil, ambiguo e incierto, no es posible dibujar mapas de ruta que garanticen un destino, pero sí nos corresponde abrirles horizontes y ampliar sus expectativas desde nuestra experiencia propia y nuestra vida misma. 

La educación es un proceso dual. Educar, desde el latín educare, significa nutrir, criar, guiar, formar. Desde la raíz educere, es extraer y potenciar los talentos y dones de la persona. En este proceso, el conocimiento es medio y pretexto para transformar a la persona en una versión donde su esencia se convierte en un roca pulida que construye, sostiene y embellece la vida común.  Los educadores construyen pues, las condiciones para alimentar las mentes y las almas de nuestros educandos, para que en ese entorno, puedan aflorar y madurar sus capacidades y virtudes.

La inteligencia artificial nos ha venido a susurrar un recordatorio muy importante: la docencia es esencialmente una relación, donde tocamos la vida del otro como en un pase de estafeta para que ese estudiante al transformarse, transforme a su comunidad. Nos viene a recordar que la docencia se trata del encuentro de dos seres, maestro y estudiante y que el conocimiento es el vínculo, más no la esencia. El conocimiento ya está en la punta de los dedos de nuestros estudiantes. La inteligencia artificial ha abierto los cofres del saber y el tesoro del conocimiento está al alcance – aunque aún con dolorosas brechas de acceso -. Así, la inteligencia artificial viene a reintegrarnos nuestro rol como formadores, donde lo que aportamos al otro,  no son saberes, sino nuestra propia vida como testimonio de cómo la educación arma dentro de cada persona, conocimiento, carácter, afectos y voluntad para construir el propio destino.

Así, lo que nos toca, es poner en manos de nuestros estudiantes las herramientas para adaptarse y navegar en este mundo en evolución permanente y encontrar entre los vaivenes de la vida, un propósito que los conduzca a la felicidad. Es así que estas herramientas no son precisamente técnicas, teorías y fórmulas, sino una personalidad resiliente y un carácter perseverante, guiados por un espíritu de esperanza.

La inteligencia artificial opera entonces como un facilitador que nos permite concentrar nuestras energías y tiempo en lo verdaderamente importante: el acompañamiento de las generaciones que nos suceden para que logren vidas plenas para ellos y los suyos, en las circunstancias que les toque vivir.

Así, nuestras aulas deben convertirse en esos laboratorios donde se crea una comunidad segura donde los talentos florecen, donde se cuida al “yo” por la importancia que tiene por ser parte del “nosotros”, donde uno nunca está solo y donde descubrimos que lo que hacemos por vivir nuestro propósito, es valioso en sí mismo y que este camino es lo que hace que la vida sea satisfactoria, independientemente del resultado que puede o no estar determinado por nuestro haber.

Las y los maestros tenemos en nuestras manos el magisterio de la esperanza. Si nuestras y nuestros estudiantes aprenden que la educación no va a hacer que les pasen cosas buenas, sino que con ella, ellos las hacen suceder, lograremos que cada día dentro del aula, haya valido la pena.  ¡Feliz y consciente día del maestro y la maestra a quienes abrazamos este noble propósito!

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