La soledad es el imperio de la conciencia
- Gustavo Adolfo Bécquer
El precio del liderazgo es la soledad, especialmente en núcleos humanos que paradójica, histórica y absurdamente, han separado al ser del hacer, como el caso del mundo laboral, empresarial e institucional.
Ya en ocasiones anteriores, amables lectores, hemos tocado el tema de que el liderazgo es un rol solitario. Por las expectativas sociales que ponemos en quien dirige, la vulnerabilidad no es una opción para el líder. Se espera de él o ella que tenga respuestas, no dudas. Que personifique los valores que queremos como sociedad y eso lo pone en un escrutinio permanente. Que muestre temple y confianza en lo que está sucediendo y ni siquiera nos preguntamos si tiene temores, cansancios, penas o arrepentimientos. De hecho, asumimos que no los tiene y que esa es la ventaja por la que ha llegado hasta donde está.
Esperamos que nuestro líder cargue con toda la responsabilidad. Que nos escuche, nos comprenda, nos apoye, nos guíe, nos ayude a crecer, incluso que nos corrija cuando erramos para evitar caernos, cual soga de un puente colgante. Y puede ser que nuestros líderes no precisamente representen nada de eso, e incluso tóxicamente, encarnen todo lo contrario, pero aún así, la expectativa les abofetea día a día, acorralándonos en un mundo donde no hay nadie más.
A ello se suma que, a los superiores del líder, si es que los hay, no les importa su soledad. Es más, ni siquiera se percatan de ella, pues lo pusieron ahí para que cargue con todo y responda a sus objetivos, deseos y necesidades. El líder, pues, queda atrapado entre las expectativas de sus superiores y sus subordinados.
Desde esa soledad, ese miedo al error, ese peso sobre los hombros, el líder de empresa toma decisiones cotidianamente, manteniendo un rostro que proyecta seguridad y firmeza para que nada se rompa, cuando en realidad, ella o él mismo ya está roto por dentro.
La inteligencia artificial está penetrando el mundo empresarial y laboral, pero la puerta no está siendo precisamente la automatización de procesos, sino la búsqueda de soporte y compañía de sus líderes. Cada vez más, los líderes de las organizaciones pasan más tiempo a solas con su dispositivo de acceso a su IA de confianza, pidiendo ayuda desde un lugar de seguridad imaginario, para redactar un correo, ensayar una conversación con un colaborador difícil, analizar los datos de desempeño del negocio y pedir consejo sobre las decisiones estratégicas que debe enfrentar.
Por supuesto que hay una preocupación real sobre la amenaza que la IA representa para los puestos de trabajo, pero esta forma que están encontrando los líderes de lidiar con su soledad, debe preocuparnos aún más, por varios motivos.
El primero obviamente es que gran parte del destino de la organización depende de las decisiones que el líder toma. Al estar asistidas sus decisiones por la inteligencia artificial, éstas sufren del sesgo algorítimico que se alimenta de las instrucciones y peticiones que le hace el líder. Es decir, esta asesoría y soporte virtual, si bien le genera confianza al líder y calma su ansiedad, no es neutra. Difícilmente la inteligencia artificial va a contradecir a su usuario. Su tendencia es profundizar técnicamente en los desafíos que enfrenta el líder y la empresa, pero difícilmente, ampliará sus perspectivas y lo llevará a ver aquéllo que solo se ve cuando se está en el campo de batalla, cuando se escucha a las personas involucradas, cuando se destapan los miedos e intereses de nuestros grupos de interés y cuando se calibran los efectos de cada decisión. Es decir, en vez de caminar a decisiones empresariales más conscientes, se está cayendo el riesgo de tomarlas desde una burbuja desconectada de la realidad de la empresa, pues no toma en cuenta los aspectos intangibles e invisibles que al final, son los que determinan el desempeño de la misma.
El segundo motivo de preocupación es que esta relación parasocial con la inteligencia artificial tiende a aislar aún más al líder, pues ahí encuentra este alivio emocional temporal a la ansiedad e inseguridad que le produce su rol. Al traer una respuesta supuestamente inteligente, pues es alimentada por un cúmulo de información que un ser humano por sí mismo no puede acceder, recupera su confianza en su toma de decisiones y las va delegando y disociándose de ellas cada vez más, como con oráculo antiguo. La IA se convierte entonces en una superstición justificada en datos, donde sin demeritar el gran valor de la información, se deja diluir el talento del líder, que era su real aportación.
El tercero, y quizás más angustiante, es que esta muletilla en la que se están recargando los líderes, refuerza la falacia de que las relaciones en el trabajo son verticales y unilaterales. La IA, al convertirse en el colaborador más cercano del líder, lo entrena a descartar la reciprocidad e interdependencia y justo ahí, es donde se pierde el rol privilegiado de la empresa como creadora de valor humano y social.
Desatar este nudo no se trata de evitar o satanizar el uso de la inteligencia artificial por parte de los directivos de grupos sociales, pues más absurdo sería no utilizarla y quedar fuera del contexto de los negocios o las instituciones, sino más bien, tomar consciencia de las necesidades más profundas que está resolviendo la IA, y llevarlas a los canales que responden a su verdadera dimensión. Es decir, se trata de no buscar soluciones artificiales a la íntima soledad del líder, sino visibilizarla y abrazarla como parte de nuestra vida común.


