Cuando recibimos los resultados de unos análisis de laboratorio, tomamos una fotografía con el teléfono y preguntamos a una inteligencia artificial: “¿Qué significan estos resultados?”.
O, por otro lado, cuando sentimos un dolor que no habíamos tenido antes y escribimos: “Tengo dolor de cabeza, náusea y mareo, ¿qué puede ser?”. En cuestión de segundos aparece una explicación extensa, ordenada y, muchas veces, bastante convincente.
La escena dejó de ser extraordinaria pues, la inteligencia artificial comienza a ocupar un espacio importante en la manera en que las personas buscan información relacionada con su salud.
Al respecto, el pasado 9 de septiembre, la Consumer Technology Association de Estados Unidos publicó los resultados de una investigación sobre este fenómeno. De acuerdo con el reporte, 41 % de los consumidores encuestados incorpora inteligencia artificial y/o redes sociales en la búsqueda de información relacionada con su atención de salud fuera de situaciones de emergencia.
Antes de acudir a consulta, estas herramientas son utilizadas para explorar síntomas o valorar la necesidad de buscar atención, después de la consulta, pueden emplearse para comprender mejor las indicaciones recibidas.
Es importante precisar dos cosas: los datos corresponden a Estados Unidos y el porcentaje agrupa el uso de inteligencia artificial y redes sociales. Por lo tanto, no podemos afirmar que cuatro de cada diez mexicanos consulten su salud con inteligencia artificial, ni que 41 % de los encuestados utilice específicamente un chatbot.
Sin embargo, la magnitud del fenómeno resulta difícil de ignorar. OpenAI informó recientemente que cada semana más de 300 millones de personas recurren a ChatGPT con preguntas relacionadas con la salud.
Y aquí aparece una pregunta que probablemente tendremos que plantearnos cada vez con mayor frecuencia: ¿hasta dónde podemos confiar nuestra salud a una inteligencia artificial?
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinariamente útil para acercar información médica y científica a la población. Puede explicar en lenguaje sencillo qué significa un término utilizado durante una consulta, ayudarnos a entender para qué sirve determinado estudio, organizar preguntas para nuestra próxima cita o explicarnos, por ejemplo, qué representan algunos valores de un análisis de laboratorio y el problema comienza cuando confundimos información con diagnóstico.
Un diagnóstico no surge únicamente de relacionar una lista de síntomas con una enfermedad, requiere integrar antecedentes, edad, medicamentos, evolución de los síntomas, exploración física, signos vitales, estudios de laboratorio o imagen cuando están indicados y, sobre todo, el razonamiento clínico necesario para determinar qué información es relevante en cada persona.
Una inteligencia artificial generativa, responde con la información que recibe, si omitimos un antecedente importante, describimos incorrectamente un síntoma o simplemente no sabemos qué información es relevante, su respuesta también estará limitada.
Existe además otro problema: una respuesta puede parecer extraordinariamente convincente y estar equivocada, los sistemas de inteligencia artificial generativa producen lenguaje con enorme fluidez. Esa capacidad puede generar una falsa sensación de certeza. Una explicación bien redactada, extensa y llena de términos médicos no necesariamente es una explicación correcta.
En salud, esa diferencia importa, pues el riesgo aumenta cuando una respuesta lleva a una persona a modificar la dosis de un medicamento, suspender un tratamiento, automedicarse, interpretar por sí misma un resultado anormal o retrasar la búsqueda de atención médica.
Pensemos en algo tan sencillo como un resultado de glucosa, hemoglobina, creatinina o una hormona tiroidea. El número por sí solo proporciona información, pero su interpretación depende del contexto. Incluso un resultado señalado como “fuera del intervalo de referencia” no constituye automáticamente un diagnóstico.
Entonces, ¿debemos dejar de utilizar inteligencia artificial para temas relacionados con nuestra salud?, no necesariamente, lo que necesitamos es aprender a utilizarla mejor.
Puede ser razonable preguntarle: “Explícame en lenguaje sencillo qué mide esta prueba”, “¿qué preguntas debería hacerle a mi médico sobre este resultado?” o “ayúdame a entender estas indicaciones que recibí durante mi consulta”.
Lo anterior, es muy diferente preguntarle: “¿Qué enfermedad tengo?”, “¿qué medicamento debo tomar?” o “¿puedo suspender este tratamiento?” y actuar únicamente con base en la respuesta obtenida.
También debemos desarrollar el hábito de verificar. Resulta interesante que el propio estudio de la Consumer Technology Association encontró que 85 % de quienes recurren a inteligencia artificial o redes sociales para obtener información sanitaria señala verificar posteriormente esa información, principalmente consultando profesionales de la salud o fuentes confiables.
Una inteligencia artificial puede ayudarnos a formular mejores preguntas y comprender mejor determinada información. Pero una respuesta inmediata, personalizada y aparentemente segura no deja de ser una respuesta generada por un sistema que puede equivocarse.
Y cuando lo que está en juego es nuestra salud, saber cuándo preguntar a una inteligencia artificial es importante; saber cuándo dejar de preguntarle y acudir con un profesional de la salud puede ser todavía más importante.
Nos vemos en la siguiente columna estimado lector.


