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La diplomacia ha muerto. Nudos de la vida común

La reunión de Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), más que cumbre, resultó una bifurcación.

Esta reunión resultó un tenso escenario en lo que parece un cisma ideológico en una iniciativa construida a partir de la hermandad histórica de los pueblos latinoamericanos y dirigida a convocar a la unidad regional para enfrentar los retos comunes.

En la agenda de AMLO, como presidente anfitrión, estaba el llamado a crear un bloque económico similar a la Unión Europea, sustituyendo a la actual Organización de Estados Americanos (OEA). Sin embargo, sugirió que la motivación de esta comunidad es hacer un contrapeso al bloqueo económico de los Estados Unidos a Cuba y Venezuela. Esta propuesta fue torpe y desafortunada porque este sesgo puede desechar una iniciativa que desde el punto de vista de cooperación económica pudiera ser una alternativa viable para el desarrollo de los pueblos latinoamericanos, y además porque ambos organismos, OEA y CELAC,  tienen objetivos diferentes.

La OEA tiene entre sus propósitos afianzar la paz y seguridad del continente y  asegurar la solución pacífica de controversias que surjan entre los Estados miembros y procurar la solución de los problemas políticos, jurídicos y económicos de la región, entre otros[1]. Por su parte, la CELAC tiene como objetivo ser un mecanismo de concertación política que permita a la Comunidad como un interlocutor regional válido, efectivo y eficaz con terceros países y/o grupos de países y socios extra regionales, así como el avanzar en áreas sectoriales[2]

Era perceptible en la reunión que la propuesta de AMLO era atizada por los Presidentes Díaz Canel (Cuba)  y Maduro (Venezuela), pues el mensaje fue contundente: indiciar a Estados Unidos como el responsable de la crítica situación económica y social que viven ambos países.

El bloqueo económico de los Estados Unidos consiste en hacer uso de su libertad de decidir con quién hacer negocios. De esta forma,  como política exterior, la nación americana limita el comercio con estos países, de tal suerte que viven los efectos de tener una oferta reducida (escasez y precios altos, entre otras).  Si a esto le agregamos que en su momento Estados Unidos trató de hacer uso de su poder económico para que otras naciones se sumaran a dicha política, esta acción resulta deleznable. 

Durante la reunión, AMLO condenó a Estados Unidos por esta razón, además de que criticó la disparidad de apoyo económico que brindó a Europa para su recuperación en la posguerra comparado al otorgado al de Latinoamérica durante la guerra fría, anotando por supuesto que excluyó a Cuba.  Comparó situaciones diferentes, en contextos diferentes y muy probablemente, posibilidades diferentes. No se le puede pedir a  Estados Unidos que brinde ayuda económica al país con el que se encontraba en guerra, aunque sea fría. 

Posteriormente en este mismo discurso, AMLO sostiene que el Congreso de Estados Unidos apoyaría a Biden para destinar recursos en beneficio de los pueblos de América para reducir las desigualdades  y la violencia de la región, mismas que identifica como causas de la migración y el desasosiego social. Más aún, le pide proporcionar vacunas a los países latinoamericanos como gesto de buena voluntad. O sea, primero le pega y luego le extiende la mano.

¿Hay razón en desdeñar la política intervencionista de  los Estados Unidos? Sin duda. ¿Es diplomático intentar hacer que esta comunidad económica latinoamericana se convierta en un bloque opositor a la nación americana, al mismo tiempo que es su principal socio comercial y  quien lo ha salvado de los errores en la compra de vacunas para combatir la pandemia en México? Muy cuestionable.  La diplomacia es en esencia la representación y cuidado de los intereses de los países en sus relaciones con otros y pues el mensaje que se ha lanzado en esta ocasión resultó muy poco hábil en ese sentido.

Por otra parte, el intento de Nicolás Maduro  por recuperar legitimidad ante la comunidad internacional con su participación sorpresiva durante la Cumbre propició firmes posicionamientos por parte de los Presidentes de Uruguay y Paraguay.  Entre los elementos de  la base fundacional de la CELAC está la prohibición de la amenaza y uso de la fuerza y la solución pacífica de controversias.  Entre los valores declarados por esta comunidad se encuentran la promoción y protección de los derechos humanos y la democracia y el Estado de Derecho. Y los eventos de los últimos años en Venezuela, denotan que el gobierno de Nicolás Maduro no pretende adherirse a los mismos.

Con la misma libertad con que  AMLO se pronunció en contra de  la política de Estados Unidos – país que no pertenece a la comunidad naturalmente, y por tanto ausente -, Lacalle (Uruguay) y Benitez (Paraguay) expresaron su repudio a la de Cuba y Venezuela.  La reunión terminó en una bifurcación entre derecha e izquierda. Ninguna es mejor que la otra pues los vicios de ambas han causado estragos terribles a la humanidad: desigualdad, pobreza, violencia y atropello a los derechos humanos.  Tratar de justificar que una perspectiva es mejor que la otra señalando los errores de la postura opuesta, no suma en nada a construir acuerdos, lo cual  es el objetivo de esta comunidad.  La diferencia es lo único que se tiene por cierto al entrar al recinto de esta reunión. Con esa carta segura en la mano, lo que debería seguir es enfocarse en el objetivo común e identificar las bondades que cada perspectiva puede abonar en la construcción del bien común de la región.

La hermandad es un sentimiento muy noble y deseable entre las naciones.  Sin embargo, su existencia no supone un consenso por default.  Si bien, las historias de los países latinoamericanos se han desarrollado con importantes paralelismos y algunas raíces comunes, no son las mismas, por lo que los intereses, necesidades y valores de cada país no solo son diferentes, sino incluso divergentes.  Igual que en el grupo familiar, aún cuando los hermanos hayan sido educados por los mismos padres y bajo el mismo techo, la individualidad prevalece y da pie a mundos muy distintos.

Hoy hay disenso en la comunidad latinoamericana, pero eso no debería causar una amenaza a la solidaridad internacional. Justo la diplomacia de eso se trata, de construir en medio de ese disenso, reconociéndolo como algo natural a la experiencia humana. El disenso es parte de nuestra vida común y justo ahí es donde se expanden posibilidades edificantes para América Latina. Una opinión unificada es un callejón sin salida; dos perspectivas, nos enfrentan a un dilema, mientras que en los matices, nacen las alternativas.


[1] https://centrogilbertobosques.senado.gob.mx/OEA

[2] http://www.sela.org/media/3222866/nota-conceptual-sobre-la-conclusion-del-proceso-de-reflexion-celac.pdf

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