En El Salitre, una pequeña localidad del municipio de Ixtlán de los Hervores, la tierra puede abrirse de un día para otro. Del suelo brota vapor, agua caliente y lodo; para quienes viven ahí, no se trata de una escena extraordinaria, sino de una actividad superficial hídrica con la que han convivido desde niños, aunque sin protocolos claros para enfrentar una emergencia.
La comunidad se ubica a unos minutos de la cabecera municipal, en una zona donde las manifestaciones de agua caliente forman parte del paisaje. Sus habitantes hablan de pozos que aparecen, de vapores que salen de la tierra y de brotes que con el paso del tiempo también pueden desaparecer. Lo cuentan como parte de su historia familiar, pero también con la preocupación de no saber qué hacer cuando el fenómeno ocurre dentro o cerca de una vivienda.

El caso más reciente que marcó a la localidad fue el de la familia Chávez Duarte, en cuyo predio surgieron tres pozos detrás de su casa. Al principio fueron pequeños brotes de agua caliente, pero después se ampliaron hasta expulsar vapor y lodo caliente. De acuerdo con datos proporcionados por autoridades de Protección Civil, que se negaron a dar mayor información, uno de los pozos dentro de la vivienda alcanzó temperaturas de hasta 150 grados centígrados; la actividad duró alrededor de dos horas y la zona se mantiene acordonada.
En el mismo terreno donde aparecieron los pozos, la familia criaba cerdos. Uno de los animales murió y el resto tuvo que ser trasladado a otro espacio con apoyo de vecinos. Don Alfonso Chávez, habitante de la comunidad, rechazó que se hubiera tratado de una mortandad mayor, como circuló en algunos videos. “Se murieron todos los marranos, tampoco es cierto. Nomás se murió. Yo andaba aquí ayudando para sacar los marranos para afuera”, relató.

La escena dejó claro que, aunque para los habitantes este tipo de actividad es conocida, cuando ocurre de manera repentina puede representar un riesgo directo para las familias, sus viviendas y sus medios de vida. Según los datos recabados en la zona, existen cerca de 50 pozos térmicos en el área; uno de ellos, con una profundidad aproximada de 2.20 metros, alcanzó los 90 grados centígrados, mientras otros ubicados a un costado, con más de 15 años de actividad, también han registrado altas temperaturas.
Don Jesús Chávez, vecino de El Salitre, recuerda que cuando tenía 17 años también apareció un pozo detrás de su casa. Con los años, el brote terminó por taparse y su familia pudo seguir viviendo ahí. “Yo tenía 17 años; allá también salió, primero salió allá y luego salió aquí. Todo esto era puro desierto y corría toda el agua por aquí”, contó.
Para él, lo ocurrido no es nuevo. Asegura que, con el tiempo, algunos pozos se cierran solos o son tapados con tierra, porque el uso de cemento podría ser contraproducente ante la fuerza con la que vuelve a salir el agua caliente. “Con cemento, se imagina, sale otra vez y se avienta el cemento. Entonces nada más los tapan otra vez con tierra”, explicó.
Los pobladores explican que debajo de la comunidad corre lo que ellos llaman una veta o corriente subterránea de agua caliente. Esa explicación, construida desde la experiencia de quienes habitan el lugar, les ha permitido entender por qué en distintos puntos aparecen emanaciones de vapor o brotes de agua caliente. Sin embargo, esa familiaridad no ha venido acompañada de información técnica suficiente ni de medidas preventivas permanentes.

Don Alfonso Chávez, de 66 años, asegura que para quienes han vivido toda su vida en El Salitre este tipo de fenómenos forma parte del entorno. “Es una veta, porque es como una línea, es un río que va por abajo”, dijo. Aun así, reconoció que el momento de mayor tensión ocurre cuando el suelo truena o comienza a salir el vapor. “La gente no se espanta tanto. Lo que espanta es cuando recién truena”, señaló.
A unos metros de El Salitre se encuentra también el balneario conocido por sus aguas termales y por el géiser principal de Ixtlán de los Hervores, uno de los atractivos turísticos de la zona. Pero fuera del espacio recreativo, el fenómeno adquiere otra dimensión: no es solo un atractivo natural, sino una condición territorial con la que viven familias enteras en sus patios, calles y viviendas.
El problema, señalan los habitantes, es que no existe una ruta clara de actuación. No saben a quién llamar primero, qué distancia deben guardar, cuándo evacuar, cómo proteger a sus animales o qué señales pueden indicar mayor peligro. En el caso de la vivienda desalojada, especialistas pidieron esperar alrededor de una semana para informar si la familia podía regresar, pero la incertidumbre permaneció.
El dueño de la vivienda, Francisco Chávez, prefirió hablar poco, aunque aseguró que no tiene temor de regresar cuando las autoridades se lo permitan. “Yo no tengo miedo, yo no. A la hora que me digan ya pueden venirse aquí, es más, ustedes vieron ahí que no se ve nada”, expresó, mientras el área permanece bajo resguardo.
Así, en El Salitre la cotidianidad y el riesgo conviven en el mismo suelo. La población ha aprendido a mirar el vapor como parte de su entorno, pero también reconoce que vivir sobre una zona de actividad superficial hídrica exige algo más que costumbre: requiere información, monitoreo, protocolos de emergencia y acompañamiento institucional para que las familias sepan cómo actuar antes de que la tierra vuelva a abrirse.


