Pocas expresiones despiertan tanta esperanza como “células madre”. Su nombre aparece asociado con la posibilidad de reparar órganos, regenerar tejidos y tratar enfermedades que hasta ahora tienen pocas alternativas.
Esa esperanza tiene fundamentos científicos, pero también ha sido aprovechada para ofrecer tratamientos cuya eficacia todavía no está demostrada.
La noticia que vuelve oportuno este tema proviene del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), quien informó que se encuentra en desarrollo el Centro de Procesamiento y Terapia Celular, en el Hospital de Oncología del Centro Médico Nacional Siglo XXI. En esta área especializada se podrán purificar, expandir y manipular células troncales con fines de trasplante.
El anuncio representa un avance importante para la medicina pública mexicana, pues, el propio Instituto cuenta, desde 2005, con un Banco de Células de Sangre de Cordón Umbilical en el Centro Médico Nacional La Raza. De acuerdo con el IMSS, este banco conserva alrededor de dos mil unidades y ha permitido realizar más de 140 trasplantes hematopoyéticos en niñas, niños y adultos.
Pero ¿qué son realmente las células madre?
Son células que poseen dos capacidades especiales, por un lado pueden producir nuevas células semejantes a ellas y, bajo determinadas condiciones, y por el otro, pueden transformarse en células más especializadas.
Sin embargo, no todas son iguales ni tienen la posibilidad de convertirse en cualquier tejido. Su origen, su grado de maduración y la forma en que son procesadas determinan lo que pueden o no pueden hacer.
El ejemplo médico más consolidado es el trasplante de células madre hematopoyéticas. Estas células, obtenidas de la médula ósea, la sangre periférica o la sangre del cordón umbilical, producen los distintos componentes de la sangre.
Desde hace décadas se utilizan para tratar ciertas leucemias, linfomas, enfermedades de la médula ósea, trastornos inmunológicos y algunos padecimientos hereditarios.
En estos casos no estamos ante una promesa futurista, sino ante procedimientos médicos reales, complejos y respaldados por años de investigación. Requieren seleccionar cuidadosamente al paciente y al donante, estudiar la compatibilidad, controlar la calidad de las células y mantener una vigilancia estrecha antes y después del trasplante.
El problema comienza cuando el potencial de esta ciencia se presenta como si ya fuera una cura disponible para casi cualquier enfermedad.
En internet y redes sociales es posible encontrar clínicas que ofrecen “terapias regenerativas” para artrosis, diabetes, autismo, Alzheimer, Parkinson, lesiones de la médula espinal, enfermedades cardiacas, envejecimiento y una larga lista de padecimientos. Con frecuencia utilizan testimonios emotivos, imágenes de laboratorios y palabras científicas que producen una apariencia de legitimidad.
Sin embargo, que una terapia sea experimental no significa que ya se haya demostrado que funciona. Tampoco basta con afirmar que utiliza células del propio paciente para garantizar que sea segura. Antes de convertirse en un tratamiento aceptado, cualquier intervención debe pasar por estudios que permitan conocer su calidad, sus posibles beneficios, la dosis adecuada, sus efectos adversos y sus consecuencias a largo plazo.
En mayo de 2026, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) volvió a advertir sobre los riesgos graves relacionados con productos elaborados a partir de células o tejidos humanos que no habían sido aprobados.
Las autoridades sanitarias y las sociedades científicas han documentado infecciones, reacciones inmunológicas, contaminación de productos, crecimiento de tejidos no deseados y otras complicaciones.
La desesperación de una persona enferma puede convertirla en un blanco fácil. Cuando los tratamientos convencionales no ofrecen una curación o cuando una enfermedad avanza, cualquier posibilidad parece digna de intentarse. Precisamente por eso, quienes ofrecen estas terapias tienen la obligación ética de distinguir con absoluta claridad entre un tratamiento comprobado y una investigación.
Un ensayo clínico legítimo no promete resultados ni garantiza una curación. Debe contar con un protocolo, evaluación científica y ética, consentimiento informado, criterios claros para seleccionar a los participantes y mecanismos para atender posibles daños, además, estar registrado como ensayo clínico no demuestra por sí mismo que un tratamiento sea eficaz: significa que todavía se está estudiando.
Antes de aceptar o pagar una terapia con células madre conviene hacer algunas preguntas: ¿qué tipo de células se utilizarán y de dónde provienen?, ¿para qué enfermedad específica se propone el tratamiento?, ¿qué estudios clínicos publicados respaldan su eficacia?, ¿la intervención está autorizada o continúa en investigación?, ¿el establecimiento cuenta con licencia sanitaria?, ¿qué riesgos se han identificado?, ¿quién responderá si se presenta una complicación?
También es recomendable solicitar una segunda opinión con un especialista que no tenga relación económica con la clínica. Debemos desconfiar de quienes aseguran que un mismo producto puede tratar enfermedades completamente diferentes, afirman que no existe ningún riesgo, presionan para tomar una decisión inmediata o basan toda su publicidad en testimonios de pacientes.
La ciencia de las células madre merece entusiasmo, inversión y apoyo público. Centros especializados como el que desarrolla el IMSS pueden fortalecer la investigación, formar profesionales, mejorar el control de calidad y ampliar el acceso a tratamientos que sí han demostrado su utilidad.
Pero apoyar la innovación no significa aceptar cualquier promesa presentada con lenguaje científico. La verdadera esperanza no se construye exagerando resultados ni vendiendo curas anticipadas. Se construye con investigación rigurosa, vigilancia sanitaria, laboratorios confiables, información transparente y respeto por la vulnerabilidad de los pacientes.
Las células madre no son una solución universal. Son una herramienta extraordinaria cuyo valor depende de que se utilice para la enfermedad correcta, con células bien identificadas, bajo condiciones controladas y con evidencia suficiente.
En medicina, la esperanza es indispensable; pero para proteger a los pacientes, siempre debe caminar acompañada de la evidencia.
Nos vemos en la siguiente columna estimado lector.


