“Hay historias que no buscan ser decodificadas con la mente fría, sino sentirse a flor de piel”, así lo refiere el director Mauricio Hernández Serrano, para quien el séptimo arte debe sacudir las exigencias académicas para rozar los terrenos de la vivencia pura.
Bajo esta premisa, su cortometraje animado “Chabacano” llega al Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) como un recordatorio de que las grandes obras no se analizan “se habitan, se respiran y se experimentan sin filtros”
Más allá del impacto sensorial, la historia plantea una profunda reflexión sobre cómo construimos nuestra identidad.
“El cortometraje sigue a un pedazo de papel que transita por formas efímeras probando ser un cubo, un avión, o un barquito de papel que navega en un mundo de otros iguales para ver qué fórmula le va bien”.
La animación se convierte en un reflejo palpable de la condición humana. Es una metáfora sobre cómo nos forjamos a nosotros mismos e inevitablemente tomamos elementos de lo que vemos, y nos llegamos a cuestionar cuando descubrimos que un molde no nos funciona, y sólo a través de la prueba, el error y la caída logramos identificar qué parte de ello es verdaderamente aplicable a nuestra esencia.
El director refiere que esta búsqueda se vuelve especialmente compleja en la actualidad. En un mundo donde las aplicaciones y las distracciones constantes están diseñadas para erosionar el pensamiento crítico, al grado que mantener una pausa para reflexionar se ha convertido en un reto mayúsculo.
En su paso por el FICM, dentro de un programa que hermana el talento de animación de México y el mundo, Hernández Serrano celebra la oportunidad de compartir su trabajo y mantiene viva la ilusión de ese cinéfilo que acude a las salas no solo a contemplar las historias, sino a dialogar con sus creadores y descubrir que, en el cine, aprender del proceso es tan transformador como dejarse llevar por la experiencia.


