Nudos de la vida común. La educación en nuestro México dependiente

Es asombroso que la humanidad aún no sepa vivir en paz, que las palabras como competitividad manden frente a palabras como convivencia

  • José Luis Sampedro

Llegaron los resultados de la prueba PISA 2025 y nos apalearon. Pero como parece que es nuestra forma de ver el mundo en México, lo primero que hicimos fue escandalizarnos por lo mal que estamos y lo segundo, buscar culpables.

Por supuesto que debemos preocuparnos por la caída en el desempeño académico de nuestros jóvenes. Sin embargo, no debería sorprendernos. Se encuentra lo que se busca. Dentro de los principios de la nueva escuela mexicana no se declaró la búsqueda de la excelencia académica. Que esto sea bueno o malo depende de la respuesta que demos a la pregunta de para qué educamos.

Si educamos para el trabajo y la producción, entenderemos a la educación como un instrumento competitivo, guiado por la promesa de que un mayor desempeño académico dará una ventaja a la persona para acceder a los mejores puestos laborales que le garantizarán una vida materialmente más cómoda. Al menos en México, esto ya se vive como una falacia y los jóvenes lo saben. Más estudios no significa mayor sueldo. Cursar una carrera apenas es el pase para ser digno del salario mínimo en el mundo empresarial. Eso sí, tener un título puede proporcionar un poco más de seguridad y estabilidad, pero no un mejor ingreso. Y aún esta seguridad es relativa, pues al carecer de un sistema de pensiones digno para la generación milenio y siguientes, la opción del empleo como forma de sustento, ha perdido el sentido.  En el presente, los oficios desempeñados de manera independiente, aún carentes de prestaciones, son una vía más rápida para obtener un mejor flujo monetario de manera más inmediata. La cereza del pastel es la ausencia de esperanza en las juventudes: la incertidumbre y la soledad ante la vulnerabilidad terminan por ser tan desalentadoras que hacen que educarse para una vida mejor sea una frase sin sentido.

Ahora, si a nuestra pregunta para qué educamos tiene como respuesta aspectos como la convivencia, la paz, la construcción comunitaria y la felicidad misma de los individuos, entonces quizás nuestro parámetro no debería de ser de manera absoluta el desempeño académico (aunque no es excluyente, sino que simplemente, no está declarado en la nueva escuela mexicana). Desafortunadamente, tampoco tenemos indicios directos de que ésto se esté logrando. Sin embargo, entre los datos que arroja la prueba PISA, se resalta que en México las y los estudiantes evaluados tienen un alto sentido de pertenencia, un destacado compromiso ambiental y una mentalidad de crecimiento, características humanas que apuntan de manera clara hacia los principios declarados en la nueva escuela mexicana. Todo esto, además, resulta congruente con la necesaria primacía que hemos dado a la inteligencia emocional sobre el coeficiente intelectual, discusión que ha dejado claro que la convivencia humana se teje en la primera y la competitividad en la segunda.

De la misma forma, los resultados hacen notar que la curiosidad, la perseverancia ante los retos y la valoración de la educación entre los jóvenes presentan índices sólidos. Todo esto es una buena noticia porque justo estos aspectos son las palancas que detonan el crecimiento en el desempeño académico en las tres áreas que nos preocupan: ciencias, matemáticas y lectura. Esto promete resultados más positivos en los próximos años.

Más relevante aún, la prueba PISA revela que la brecha educativa en México se está cerrando.  En esta ocasión hubo una mayor representatividad de estudiantes de zonas marginalizadas y esto no evidenció una brecha educativa entre los jóvenes favorecidos y los que viven en desventaja, sino por el contrario, mostró una menor disparidad – ciertamente aún existente y preocupante – respecto a la media de la OCDE. 

Por supuesto, es válido pensar que ahora estamos igual de amolados todos en la educación, pero por primera vez, un declive social en nuestro país no se le carga a la población con mayor vulnerabilidad, sino que se reparte entre todos, y quizás en esta igualdad, podamos cimentar nuestro crecimiento desde la empatía y la justicia.

Como educadora, amables lectores, una mala nota no es una mala noticia, y mucho menos, un juicio sobre el valor de la persona. Una baja calificación es un toque de realidad, una llamada a la acción de todos los involucrados con el proceso: estudiantes, profesores, familias y hacedores de políticas públicas. Es la justa exigencia de poner en el centro a las y los estudiantes y construir para ellos y ellas las condiciones óptimas para su desarrollo pleno.

La segunda reacción ante los resultados publicados en días pasados por la OCDE fue buscar culpables fuera de nosotros mismos, cobijándonos en el ya desgastado discurso polarizante de que los otros son los malos y nosotros somos inocentes.  Recurrimos a las estadísticas sexenales para demostrar quién ha sido mejor presidente por los resultados educativos.  Recurrimos al discurso humanista para demostrar el costo de la competitividad de sexenios anteriores para justificar la caída en los resultados académicos. La discusión sobre los resultados de PISA atrajo la conversación hacia la validación de los presidentes,  y  no hacia lo que es el tema en cuestión: sobre la vida de los jóvenes que pululan las aulas. Con esto, los actores del sistema más potentes, estudiantes, maestros y familias, nos quedamos como espectadores ante los resultados, cediendo una vez más el poder de cambiarlos a un ente evasivo y amorfo como lo es el gobierno, sin importar su color.

No hay independencia cuando no hay responsabilidad. Cuando la vida común está decretada por factores externos a nosotros, a los cuales nos consideramos incapaces de controlar, estamos declarando nuestra absoluta dependencia y nuestra impotencia para  autodeterminarnos.  México podrá ser independiente por el hecho de que podemos tomar decisiones sobre cómo gobernarnos y acertar o fracasar en ello en absoluta libertad. Pero los mexicanos no hemos renunciado a la dependencia, a esa creencia de que somos ajenos a lo que nos sucede, y quizás el triunfo que necesitamos alcanzar con mayor urgencia en la educación es precisamente asumir nuestra responsabilidad y protagonismo en la construcción de nuestra vida común.

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