Nudos de la vida común. Regateando la vida

Hay que saber apreciar el valor de las cosas

y establecer una prioridad de valores

-Ernest Hemingway

Un precio significa cuánto valor se captura en el usuario, beneficiario o consumidor.  Lo que estamos dispuestos a gastar en algo equivale a qué tan importante o valioso es para nosotros. No obstante, en esta ocasión, amables lectores, no nos referimos únicamente al precio monetario de una transacción comercial, sino todo aquéllo que requiere de nosotros  un compromiso en tiempo, esfuerzo y emociones,  y que puede ser o no, de dinero.

El tema es que este precio pocas veces es fijado por nosotros mismos, pero incluso en los casos en que nosotros podemos hacer una oferta, necesitamos llegar a un punto donde el valor también es aceptable para el oferente, que es quien representa o nos ofrece ese valor que deseamos alcanzar. Es decir, el precio es el punto donde oferente y receptor o comprador, están de acuerdo en el valor que se está intercambiando y esto, al final del día, es cuestión de comunicación.

De manera interna, y probablemente inconsciente, al escuchar el precio de algo nos cuestionamos si ese precio se equipara a lo que vamos a recibir. Cuando el precio resulta menor en nuestra evaluación personal, surgen dos escenarios: uno, en el que nos cuestionamos si realmente el bien a adquirir está aportando un valor más allá de lo que yo esperaba y el excedente hace que mi calidad de vida se eleve, o dos, si sospecho que quizás en realidad me están dando gato por liebre o que hay un truco o letras chiquitas.

Por el contrario, si el precio resulta mayor a mis expectativas, pero aún tengo ese deseo o necesidad de ese bien, servicio o experiencia, pueden suceder también dos cosas: que reevalúe cuanto lo deseo o necesito y cuánto bien me va a traer o bien, y que decida regatear.

Pensemos por ejemplo, en los precios que pagamos en una relación de amistad o de pareja. A veces son situaciones sencillas que pueden convertirse en complejas, como esperar continuamente a la otra persona, porque su manejo de tiempo es distinto al nuestro, o bien, convivir con personas que son importantes para ella, pero desagradables para nosotros, o acompañarle a aficiones que nos resultan aburridas o incomprensibles. Si nos quedamos en la incomodidad que nos pueden producir estas circunstancias, es probable que el precio sea demasiado alto, y renegociemos o abandonemos la relación. Pero si nos detenemos un momento para apreciar el valor que aporta a nuestra vida esta relación, quizás encontremos que el precio pagado es menor a lo recibido.

Ahora bien, en nuestra cultura el regateo es una práctica común, donde lograr un descuento o un pilón nos hace sentir personas listas. Sin embargo, conviene cuestionarnos si en realidad no es simplemente que en ese acuerdo, llegamos al precio que realmente vale el objeto -o el sujeto-  de nuestra transacción.

Pero vayamos al punto donde este regateo lo hacemos en situaciones distintas al comercio. Por ejemplo, ¿qué es lo que está debajo del regateo que hacemos del tiempo con una persona que amamos, pero que preferimos dosificarle el tiempo que le dedicamos o simplemente la ponemos en una prioridad distinta a la que esa persona espera?. O bien, cuando lo que regateamos es el esfuerzo en nuestro trabajo, tratando de simplificar lo que se nos pide, eliminando aquello que nos demandaría un esfuerzo mayor o alargando el plazo de entrega.  En estos ejemplos, hay una valoración implícita de cuanto significa para nosotros lo que se nos requiere y el punto  de regateo, es hasta donde es importante.

Pero pensemos ahora desde el otro punto de vista. Cuando a los que regatean el tiempo o los beneficios en el trabajo somos nosotros. Esto trae un mensaje subyacente sumamente profundo, que probablemente nos lleva a cuestionar nuestro valor para esa persona o  para el lugar donde laboramos. Y como ésta, pueden haber una infinidad de situaciones: el cuidado de nuestra salud o la de alguien más, el cultivo de nuestra mente o espíritu, la convivencia familiar, el logro de una meta o anhelo. Incluso, muchas veces somos nosotros mismos quienes autonegociamos estos bienes y los posponemos o minimizamos.  

Cambiemos ahora de escenario para pisar en nuestra vida común. Como cuando es día de elecciones y regateamos el tiempo para ir a votar, pues decidimos que nuestra opinión no es lo suficientemente valiosa como para gastar el tiempo en emitirla. O como cuando regateamos la limpieza de nuestras calles, dejando nuestra basura en el espacio público, pues ponemos nuestra comunidad por encima del bienestar comunitario. O cuando transitamos por avenidas cerrando el paso a otros conductores pues mi tiempo es más importante que el de ellos, o porque mi vehículo es más potente, o porque mi ego necesita alimentarse de prepotencia.

Regatear al final del día es un acto de extracción de valor a los demás y no de creación, y resulta en la merma de la calidad de vida para alguien más. Por supuesto, sabemos que los recursos siempre van a ser limitados, pero entre más adoptemos la postura de sustraer y no de expandir, más pequeña haremos nuestra vida común.

Comparte esta publicación:

TE PUEDE INTERESAR

PUBLICACIONES RECIENTES

TENDENCIAS

TENDENCIAS

Reforma electoral en Michoacán mantiene intactos los requisitos para candidaturas independientes: Raúl Zepeda

Morelia, Michoacán.- El secretario de Gobierno, Raúl Zepeda Villaseñor, afirmó que la reforma electoral aprobada en Michoacán preserva plenamente los derechos político-electorales de las...

TENDENCIAS

Se aplicó justicia selectiva en inhabilitación del diputado Juan Carlos Barragán: PAN

El dirigente estatal del PAN, Carlos Quintana Martínez, acusó que en Michoacán existe un uso selectivo de las instituciones de justicia, luego de la...

TENDENCIAS

Sin muertes en Michoacán por ola de calor: SSM

Morelia, Michoacán.— Aunque las temperaturas más altas ya se resienten en Tierra Caliente, principalmente en zonas como Huetamo y Tepalcatepec donde el termómetro alcanza...