El pasado 9 de agosto del presente año, la Secretaría de Salud dio a conocer una cifra que merece celebrarse, entre septiembre de 2025 y el 15 de julio de 2026 se aplicaron en México 1 millón 950 mil 119 vacunas contra el virus del papiloma humano (VPH).
El objetivo de la estrategia es llegar a 2.5 millones de personas. En otras palabras, se ha avanzado cerca de 78 por ciento de la meta planteada.
Pero detrás de cada cifra hay una decisión familiar, una madre o un padre que autorizó la vacunación, una escuela que abrió sus puertas; personal de salud que acercó la dosis; una niña o un niño que hoy cuenta con una protección capaz de evitarle enfermedades graves en el futuro.
Porque la vacuna contra el VPH no debe entenderse solamente como una medida contra una infección de transmisión sexual: es, ante todo, una vacuna que previene cáncer.
El mensaje es especialmente importante en un país donde el cáncer cervicouterino sigue cobrando miles de vidas. Durante 2024 se registraron 4 mil 646 defunciones por esta causa en México. La cifra contrasta con una realidad médica contundente: este cáncer es ampliamente prevenible mediante vacunación, detección oportuna y tratamiento de las lesiones precursoras.
El VPH es muy común, la mayoría de las personas sexualmente activas entrará en contacto con algún tipo del virus a lo largo de su vida y, en muchos casos, el organismo eliminará la infección sin que aparezcan síntomas. El riesgo surge cuando una infección causada por un tipo de alto riesgo persiste durante años y provoca cambios en las células del cuello uterino. Esos cambios pueden avanzar lentamente hasta convertirse en cáncer.
Ahí radica el valor de vacunar antes de que exista contacto con el virus. La protección es más eficaz cuando se aplica en la infancia o al inicio de la adolescencia, antes de la exposición. No se trata de anticipar la vida sexual de nadie ni de emitir juicios sobre ella; se trata de preparar al sistema inmunitario con oportunidad. Del mismo modo que no esperamos una herida para aplicar ciertas vacunas, no deberíamos esperar una exposición al VPH para hablar de prevención.
La estrategia mexicana contempla a niñas y niños de quinto grado de primaria, a la población de 11 años no escolarizada y a otros grupos prioritarios definidos por las autoridades sanitarias. La incorporación de los niños es relevante: el VPH afecta a mujeres y hombres, puede ocasionar otros tipos de cáncer y su prevención no debe recaer exclusivamente en las mujeres.
Pese a ello, todavía hay dosis que no se aplican por temor, desinformación o falta de acceso. Algunas familias creen que vacunar contra el VPH promueve el inicio temprano de las relaciones sexuales. No hay fundamento para esa idea. La vacuna ofrece protección biológica; no modifica los valores, las decisiones ni la educación sexual que cada familia brinda.
Otras personas temen sus efectos adversos, como ocurre con cualquier vacuna, puede producir molestias generalmente leves y transitorias, como dolor en el sitio de aplicación o fiebre. Su seguridad continúa bajo vigilancia sanitaria.
Por eso, la meta de 2.5 millones no se alcanzará únicamente con dosis disponibles. Se necesita información clara, coordinación entre escuelas y servicios de salud, comunicación oportuna con madres, padres y tutores, y oportunidades de recuperación para quienes no pudieron vacunarse durante una jornada escolar. Una campaña efectiva no termina al instalar un puesto de vacunación: termina cuando las personas elegibles reciben la protección que les corresponde.
También conviene evitar un mensaje incompleto. La vacuna reduce de manera importante el riesgo, pero no protege contra todos los tipos de VPH capaces de causar enfermedad. Las niñas vacunadas necesitarán, al llegar a la edad indicada, participar en los programas de detección. La vacunación y el tamizaje no compiten: se complementan.
En esa segunda barrera de protección, el laboratorio resulta indispensable. Las pruebas de VPH pueden identificar infecciones de alto riesgo y la citología cervical puede revelar alteraciones celulares. Cuando existe un hallazgo anormal, la valoración médica y, si corresponde, la colposcopía y la biopsia permiten definir los pasos siguientes. Vacunar hoy disminuye el riesgo futuro; detectar a tiempo evita que una lesión avance silenciosamente.
La Organización Mundial de la Salud ha propuesto que, para avanzar hacia la eliminación del cáncer cervicouterino, los países logren que 90 por ciento de las niñas esté vacunado contra el VPH antes de los 15 años, que 70 por ciento de las mujeres acceda a pruebas de detección de alto desempeño en edades clave y que 90 por ciento de quienes presenten lesiones precancerosas o cáncer reciba tratamiento. La primera meta comienza mucho antes de una consulta ginecológica: comienza en casa, en la escuela y en una conversación informada sobre la vacuna.
Las casi dos millones de dosis anunciadas son una buena noticia. Sin embargo, su verdadero valor no está sólo en acercarse a una meta administrativa. Está en los cánceres que podrían no desarrollarse, en los tratamientos que quizá no serán necesarios y en las familias que podrían evitar una pérdida prevenible.
Vacunar contra el VPH es una decisión del presente con beneficios que veremos durante décadas. Si existe una vacuna capaz de reducir el riesgo de cáncer, dejar pasar la oportunidad por un mito o por falta de información sería demasiado costoso. La prevención empieza con una dosis, pero también con una certeza: proteger a niñas y niños hoy es cuidar la salud de toda una generación mañana.
Nos vemos en la próxima columna, estimado lector.


