Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad,
que soportar el peso de la tiranía
-Simón Bolívar
Es denostable usar lo que está sucediendo en Venezuela para capitalizar nuestras propias causas. Hacer del violento ataque a Caracas por parte de Donald Trump y la captura del dictador Nicolás Maduro una alabanza a las afiliaciones derechistas o una victimización de las izquierdistas, es una oprobiosa vileza. Las conversaciones polarizantes que se han avivado por los acontecimientos en Venezuela en los albores de este año, las estamos haciendo sobre nosotros mismos, desvelando nuestros miedos y rencores y peor aún, estamos pasando por encima de quienes verdaderamente están transitando por una durísima historia: las y los Venezolanos.
Lo que está sucediendo en Venezuela no es un encuentro de fútbol, donde tomamos partido y le echamos porras a nuestro equipo preferido. Se trata de la vida de 38 millones de venezolanos, de los cuales, 7.9 millones han tenido que emigrar de su país por la infamia de un régimen dictatorial que ha hecho inviable la paz y el desarrollo de su población.
No nos corresponde desde la barrera cantar victoria sobre la detención de Maduro y su esposa. Primero, porque no estuvimos en Caracas esa noche del 2 al 3 de enero. No somos las familias que escucharon el bombardeo y vieron la ciudad iluminarse de fuego cuando seguramente experimentaron el terror de esta intervención bélica. Ninguna de esas bombas, por quirúrgica que deseen llamarle a esta acción, traía un atisbo de esperanza, sino más bien un mensaje amenazante, ahora desde un frente más. No somos quienes hoy tienen un ser querido herido o lloran a un fallecido.
Segundo, no somos los padres de familia con rostros de desesperación ante la pobreza a la que han sido arrojados, enfrentando una inflación galopante que los ha dejado sin opciones para mantener a sus hijos. No somos los perseguidos políticos por pensar diferente y buscar otra alternativa para hacer la vida. No somos quienes han tenido que dejar todo y solicitar refugio en tierras ajenas para sobrevivir. No somos quienes han sido discriminados y vistos con sospecha por haber tenido que emigrar, pues el gobierno los ha expulsado de su tierra en más de una forma.
Tercero, no somos los ciudadanos que hoy enfrentan la incertidumbre de lo que ha de venir. La caída de Maduro no significa automáticamente la caída del sistema, pues en este momento, el gobierno del país sigue residiendo en la estructura dictatorial construida en los últimos 25 años. Y más lejos aún se encuentra la reconstrucción social, política y económica del país. Las acciones de Trump no son un rescate de Venezuela. Ninguna operación de los Estados Unidos en ningún país lo ha sido. Históricamente, en cada intervención que ha realizado, ha dejado destrucción a su paso, sin asumir ninguna responsabilidad por sus acciones y mucho menos ha hecho algo por ayudar a los países a ponerse nuevamente en pie, demostrando que sus discursos con que ha justificado sus acciones son falsos, pues no tienen nada que ver con la democracia, la paz y la prosperidad del mundo.
El imperialismo estadounidense encontró una oportunidad de oro y petróleo en la crisis venezolana y montados en el fascismo del siglo XXI está ejecutando su plan para recuperar y demostrar una supuesta supremacía sobre el resto del mundo. Lo más preocupante es que Trump ha violado en esta acción todo tipo de leyes y convenciones internacionales. No consultó a su propio congreso, sino que actuó por mutuo propio violando su propia constitución. No respetó tampoco la Carta de las Naciones Unidas en la cual los países adheridos a la misma se comprometen a no intervenir militarmente a las demás naciones.
Más aún, este ataque ha sido disfrazado como una acción penal y no política, dándole con ello la vuelta a lo que podría significar una invasión bélica. En ese supuesto, se estaría también dando la espalda a los convenios de Ginebra sobre la protección de la dignidad de los prisioneros de guerra, pues ha hecho circular imágenes de Maduro exponiéndolo a la mofa pública con el fin de regodearse de su “exitosa” táctica. La imagen internacional de Maduro en este momento nos tiene sin cuidado, el tema es que no hay ley ni acuerdo al cual Trump parezca importarle.
Hoy Trump ha querido demostrar con arrogancia que ha logrado su “Make America Great Again”, pero el mensaje más claro es que su moral conservadora es una máscara para lograr validación popular, pues ha dejado de manifiesto que para lograr su posicionamiento político romperá la palabra de su nación sin ningún tipo de miramientos. Quizás hoy el tipo de cambio del dólar suba en muchos países, más no así la confianza en un dirigente político que ignora los acuerdos de su país como si fuera su único y berrinchudo habitante.
Trump y Maduro. Dos caras de la misma moneda, el poder y la ambición. Trump y Maduro, dos dictadores que han impuesto su voluntad sobre las leyes y acuerdos internacionales para demostrar su poderío. Trump y Maduro, dos tiranos que han hecho derroche de poder y fuerza para establecer su autoridad como el único instrumento válido de gobierno. Trump y Maduro, dos populistas que han atentado contra la libertad, los derechos humanos y la dignidad de la población. En serio, ¿nos vamos a poner de lado de uno o de otro?
Lo que sí nos corresponde. Recordar que nada de lo humano nos es ajeno. Si vamos a tomar partido, que sea por las y los venezolanos, como personas que han sido víctimas de una dictadura militar que se antoja infinita en el tiempo y en la profundidad de heridas que les han causado a cada uno de ellas y ellos. También está en nosotros no asumir como bueno algo que es malo pero que es rival de lo que refleja nuestras más profundas sombras y miedos. Y mucho menos, magnificar su voz como forma de ahuyentar nuestros temores. Es más, hoy me permito retarlos, amables lectores, a divorciarnos por un momento de las razones lógicas que sustentan las ideologías con las que nos identificamos y dejemos a nuestros corazones llenarse de compasión por las y los venezolanos, los pongamos a ellos en el centro de las conversaciones y privilegiemos sus necesidades, sus deseos y nos involucremos con acciones que alivien aunque sea un poco su sufrimiento. O al menos, no aticemos la opinión pública con lo que les hiere, pues ésta, también tiene un gran poder en la vida social y política. No hagamos pues, leña del árbol caído. Que nuestras palabras, nuestras intenciones y nuestras acciones se dirijan a dar vida a Venezuela y no a buscar avanzar nuestras posiciones políticas. Venezuela merece nuestro trato respetuoso, digno y solidario, pues es también miembro de nuestra vida común.


