Nudos de la vida común. Presentación.

PRESENTACIÓN.

El desarrollo de la sociedad sólo es posible mediante el desarrollo de los individuos que la integran –

Carlos Llano, 1998

 

Durante los años en que he colaborado en distintas organizaciones, desde diversas trincheras, he podido corroborar una y otra vez, que la empresa es un hecho completamente humano. El día a día de los negocios está construido por personas que entrelazan capacidades, frustraciones, éxitos, debilidades, sueños, heridas emocionales, buena y mala voluntad, luces y sombras personales y con ello, impactan la realidad común, con un resultado que puede ser positivo o negativo desde diferentes perspectivas.

Hace 15 años aproximadamente, descubrí el pensamiento de Carlos Llano[1] (1932-2010) y desde mi formación en el área de las empresas, me sentí identificada con su concepción de las mismas a partir de la dignidad humana. Para él, toda organización debe estar al servicio de la persona. El desarrollo pleno y el bienestar del ser humano debe ser su objetivo último.

El primer libro que leí de él fue “Nudos del Humanismo en los Albores del Siglo XXI” donde expone que la sociedad parece enfrentar una serie de dilemas – que hoy en día reconocemos como una polarización social: progreso vs tradición, relativismo vs fundamentalismo, individuo vs colectivo, socialismo vs capitalismo, derecha vs izquierda-, los cuales, sin embargo, son falsos dilemas, pues en realidad son nudos que se desenmarañan en el momento en que ponemos al centro al verdadero objetivo de la vida común, el ser humano.

Así, es como presentamos a ustedes, amables lectores, esta columna que tiene como objetivo compartir algunos elementos de reflexión sobre temas sociales y humanos relacionados con la cotidianeidad económico-empresarial, desde el reconocimiento de que es en este ámbito donde la persona desarrolla la mayor parte de su vida, pues en la empresa, no solo se trabaja, sino se vive en realidad, es ahí donde al pasar las horas laborales, también está sucediendo la vida: se desarrollan habilidades y mañas, se crean relaciones interpersonales edificantes o destructivas, se produce o se malgasta, se progresa o se estanca.

La empresa tiene una oportunidad privilegiada, pues es el tercer formador del ser humano. El primer formador por excelencia, es la familia. Ahí el individuo aprende a ser persona, adquiere valores, virtudes, hábitos, comprende la interacción en el círculo familiar íntimo. Y nuestro mejor deseo como sociedad, es que así sea, que la familia nutra al ser humano como una persona valiosa que contribuya a la vida común, y en el bienestar social encuentre la plenitud propia. En nuestra realidad mexicana, éste es el deber ser, pero desafortunadamente, las circunstancias y crisis de este núcleo social no siempre permiten este sano desarrollo del individuo. Es donde aparece el segundo formador: la escuela. Es aquí donde la persona desarrolla sus capacidades intelectuales, sociales y físicas, sumando hábitos y descubriendo su potencial. Pero nuevamente, si este segundo formador no logra completar el objetivo, viene una última instancia:  la organización donde realiza su actividad laboral. Es la empresa quien tendrá el espectro de tiempo más amplio para contribuir al desarrollo de la persona y quien será el articulador del trabajo colectivo que creará valor a la sociedad.

No obstante, esta visión parece con frecuencia difuminarse entre una serie de grupos de interés que ejercen distintas fuerzas en la toma de decisiones y en la acción directiva de la empresa como son accionistas, clientes, proveedores, gobierno, medio ambiente y la comunidad inmediata, y que es menester reconocer que también son parte de la vida común[2].

Con esta perspectiva en mente, deseo invitarles apreciables lectores, a desenredar conmigo algunos nudos de nuestra vida común.

 

[1] Filósofo, empresario, profesor y conferencista, fundador del IPADE y la Universidad Panamericana, Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino y por la UNAM.

[2] Con vida común hacemos referencia tanto a lo ordinario, lo cotidiano, lo meramente humano en el día a día como al espacio y tiempo que compartimos como personas.

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