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Nudos de la vida común. Oro, incienso y mirra

“En cada niño y en cada niña se debería poner un cartel que dijera: tratar con cuidado, contiene sueños”. Mirko Badiale

Cinco de enero a las tres de la tarde.  En la banqueta debajo del puente de un distribuidor vial en construcción, cuatro pequeños entre 2 y 5 años de edad, piden a los automovilistas que les den “sus reyes”. Uno de ellos, aún usa pañal y todavía no habla. Algunos conductores sacan algunas monedas y otra más, extiende el brazo  con un juguete en la mano invitando a estos niños a  que atraviesen entre los carros para recibirlo. En una zona de tráfico desordenado y estresante, hace que el peligro de ser atropellados sea inminente.  Esto, apreciables lectores, lo viví en la hermosa Morelia, pero estoy segura que es una escena que se repitió en cientos de lugares en todo el país.

Aunque suene trillado, si hay un tema en el que todas y todos deberíamos involucrarnos si realmente nos preocupa el futuro de nuestro país, es el desarrollo  digno, sano e integral de nuestros infantes.  Sí, nuestros. Necesitamos asumir a los niños y niñas mexicanos como nuestro verdadero oro y ser subsidiarios ante cualquier instancia que falle en la protección de sus derechos.

Pobreza, violencia intrafamiliar, adicciones de miembros de la familia y  procesos judiciales por el que atraviesan el padre o la madre, o su fallecimiento o abandono, son las principales causas por las que un infante es separado del núcleo familiar.  En muchas ocasiones, la familia extendida toma a su cargo al menor.  Tristemente, la sentencia del dicho popular, el muerto y el arrimado al tercer día apestan, se cumple en la mayoría de los casos.  El niño termina yendo de un familiar a otro en el mejor de los casos; en el peor, siendo víctima de explotación y abuso.

En otras ocasiones, las instancias gubernamentales asumen su custodia e institucionalizan al niño o la niña, resguardándolo en un orfanato.  Una intención muy noble, pero poco práctica, pues este tipo de albergues generalmente carecen de los recursos humanos, económicos y psicológicos que garanticen lo mínimo indispensable para su desarrollo digno e integral.

Debemos considerar en uno y otro caso, que el menor tiene ya un sufrimiento emocional profundo por la circunstancia que vive, además de que las carencias empiezan a multiplicarse como reacción en cadena: es víctima de pobreza, que lleva a desnutrición, salud deteriorada, mala o nula educación, inexistencia de un apego seguro, tolerancia al abuso y la violencia y lo que usted guste agregar a esta fatídica lista. Estos niños y niñas, han perdido el aroma de su incienso.  Al carecer de una atención que permita sanar estas heridas, y con la falta de acceso a sus derechos básicos, estos niños se convertirán en jóvenes y adultos que simplemente repetirán el mismo patrón en las futuras generaciones.   Muchos de ellos, caerán en la delincuencia.

Sin embargo, es mezquino pensar que el problema debe ser resuelto para disminuir la inseguridad de nuestro país.  El problema debe ser resuelto por que se trata de la vida de muchos mexicanos y mexicanas que son invisibles para los que nos llamamos la sociedad y que tienen el mismo derecho que nosotros a tener la oportunidad de una vida feliz. 

En nuestro país, se estima que cerca de 29,000 niños viven en una situación de institucionalización en orfanatos, y más de un millón, se encuentran viviendo sin un núcleo familiar.  Y de los que sí viven con una familia, se estima que cerca de un 60% es víctima de algún tipo de violencia[1].  La minimización de los niños y las niñas, es la mirra ignominiosa de nuestra sociedad, pues embalsama la vida de cada uno de nuestros infantes.

Todos los niños y niñas, así como las y los adolescentes,  tienen derechos declarados en la Constitución Mexicana. Entre ellos,  están los derechos a vivir en familia, en condiciones de bienestar y a un sano desarrollo integral, a la protección de la salud, a la educación, el descanso y el esparcimiento.  Todo niño y niña, tiene derecho a una infancia feliz, a que su vida no sea determinada por el código postal donde le tocó nacer.

Dentro de la lista de derechos de la infancia y adolescencia, también está consignado el de ser prioridad.  Una prerrogativa que parece ser ignorada en nuestro país. Desde la política pública, el tema de acceso a salud de los menores en general y aquéllos que tienen una condición de discapacidad, ha sido visto con desdén.   Temas como la presunta administración de agua en lugar de medicamentos oncológicos a niños en el estado de Veracruz, la dilación en aplicación de vacunas a menores y el desabasto de fármacos generalizado son muestra de ello. 

Otra más, el secuestro de la educación por parte del magisterio, que históricamente ha priorizado sus derechos y privilegios laborales, sobre el derecho a la educación de calidad de los niños y las niñas. Al menos en Michoacán, los maestros de educación básica, por generaciones han abandonado el aula para conseguir mayores beneficios, que si bien pueden ser humanamente justos, terminan siendo inmerecidos pues han descuidado el objetivo fundamental, proveer educación a los niños y niñas, por un lado. Por otro, el gobierno ha tomado lo anterior como botín de negociación electoral.

Desde la legislación y la administración pública, los procesos para atender el derecho a vivir en familia de menores separados de su familia, han sido politizados y negligidos.  Curiosamente, al acercarse las elecciones, se agilizan los procesos de adopción y acogimiento temporal de niños y niñas institucionalizados; pero en cada cambio de gobierno, estos procesos son abandonados al sueño de los justos.

Ahora, en cuanto a lo que ocurre en la intimidad de los hogares, existen muchos estilos de crianza, lo cual es un derecho del padre y la madre. Sin embargo, en ninguno de ellos puede tolerarse la violencia, el abandono y el abuso, ni físico ni emocional.  Justo ahí, como sociedad, no podemos voltear la cara y ser indiferentes. No podemos solo criticar a la familia y decir “pobres niños”.  Nos urge construir comunidades de apoyo a las familias para que sus crisis no se conviertan en laceraciones a los menores y donde se realicen intervenciones oportunas protegiendo el bien de los menores. Finalmente, estimado lector, para materializar el derecho de los niños, las niñas y los adolescentes a ser prioridad, necesitamos cambiar nuestra cultura, de ver a la infancia como un accesorio de los adultos, a convertir su desarrollo digno y sano, en un objetivo fundamental.   Nada de lo que le pase a un niño o a una niña que ponga en riesgo su seguridad, el desarrollo de su psique, su salud, su intelecto y su bienestar, nos debe ser ajeno.  Está bien tratar de resolver los nudos sociales, políticos y económicos que nos retan en estos momentos, pero si en ello perdemos la perspectiva de la infancia mexicana, habremos fracasado como sociedad en el continuo de la vida.


[1] https://www.aldeasinfantiles.org.mx/conocenos/datos-y-estadisticas y https://www.unicef.org/lac/comunicados-prensa/analisis-sobre-la-situacion-de-la-infancia-en-mexico

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