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Nudos de la vida común.  Nómadas Digitales

Y hay nuevos tipos de nómadas, no personas que están en casa en todas partes,

sino que no están en casa en ninguna parte.

  • Robin Davidson

El empleo de ensueño parece que ya es posible: trabajar desde la playa un martes; el miércoles tomar juntas en pijama, y el siguiente lunes, atender a los clientes desde la ventana de un lindo departamento de una ciudad colonial saboreando un café, y como cereza del pastel, con un sueldo cotizado en dólares. Todo esto es la posibilidad que abre el trabajo remoto, una tendencia del “nuevo normal” del que tanto hablamos durante la pandemia. Sin embargo, en este caso bien cabe aquél adagio que dice que no todo lo que brilla es oro, pues los costos sociales y personales del nomadismo digital pueden ser superiores a sus beneficios. Pero vayamos por partes.

Durante la pandemia se aceleró el uso de medios digitales para ejecutar el trabajo de manera remota. Las empresas se dieron cuenta de que el trabajo desde casa era una opción para continuar siendo productivos durante la crisis del distanciamiento social.  Este período fue lo suficientemente largo como para entrenarnos todos y todas a trabajar de manera más independiente y ejerciendo una mayor autogestión. No obstante, las empresas empezaron a resentir la disminución de sensación de control sobre los empleados. En algunos casos, se desarrollaron soluciones tecnológicas para el monitoreo de productividad de los colaboradores a distancia, mientras que en otros, donde había puestos de autoridad ocupados por personas con perfiles bajos de liderazgo, se convirtió en frustración que derivó en prácticas de micromanagement en el afán de recuperar las riendas de los equipos de trabajo, desembocando en enrarecimiento del clima laboral, factor que de cualquier forma, no resulta de interés particular para las empresas, aún siendo clave para la retención de talento.

Sin embargo, en la cuenta de resultados, los ahorros para la empresa empezaron a crear un saldo positivo: menos gasto de energía, menor uso de espacios, menos tiempo invertido en la socialización de los colaboradores y menor conflicto derivado de la convivencia. Pero hubo un beneficio aún más atractivo del trabajo remoto: ampliar la cartera de solicitantes de empleo. En las empresas en que el trabajo remoto no hacía diferencia con el presencial, se abrió la posibilidad de realizar contrataciones sin que la cercanía geográfica fuera necesaria. Con ello, se desbloqueó el nivel donde se reducen drásticamente los gastos por salarios: mientras que un puesto de operador de call center en modalidad presencial en Estados Unidos se le paga una tarifa entre 17 y 20 dólares por hora, a un trabajador remoto en un país latinoamericano, una cuota de 7 a 9 dólares le resulta sumamente atractivo, pues en hora y media, logra tranquilamente la cuota del salario mínimo de su país. 

Esta prosperidad inusitada, dio lugar a una generación de trabajadores que ante la incertidumbre por el futuro (derivada de los grandes conflictos sociales globales, la grave dificultad de crear un patrimonio, como la compra de un techo, o la nula posibilidad de acceder a una pensión en su vejez), apuestan por el hoy, y optan por un estilo de vida donde pueden conocer el mundo mientras trabajan para empresas cuyas instalaciones probablemente jamás pisen. Estos son los nómadas digitales.

Para estos trabajadores, este empleo dorado resulta una aventura estimulante… durante un tiempo. El costo personal potencialmente puede ser la debilitación de lazos afectivos, la pérdida de identidad y la carencia de pertenencia a una comunidad, factores que están íntimamente asociados a la felicidad. Para las empresas, el reto es que la distancia obstaculiza el fortalecimiento de la cultura organizacional – la cual debemos recordar que es un habilitador esencial de la estrategia de negocios -. En lo que se diseñan alternativas para solidificarla a pesar de la distancia, este tipo de puestos están diseñados para trabajadores de paso, por lo que carecen de planes de desarrollo y prestaciones y beneficios que motiven la retención de los empleados – recordemos que el atractivo para la empresa es el ahorro en costos salariales -.

Pero aún hay más. Los nómadas digitales optan por hospedajes contratados entre particulares en plataformas digitales. Si bien hacen prosperar este negocio y generan una derrama económica en los destinos de mayor preferencia, también es cierto que encarecen la vida en los mismos. Las rentas de las viviendas tienden a elevarse, pues al dedicarse a este tipo de hospedaje, se disminuye la oferta para la población de la localidad. El alto poder adquisitivo de los nómadas digitales, crea un efecto inflacionario por empuje de demanda. El uso de servicios públicos se intensifica – alumbrado, seguridad, limpieza pública-, sin que el presupuesto para los mismos crezca en la misma proporción, toda vez que estos nómadas son usuarios, pero no contribuyen al erario por que por un lado, no generan sus ingresos en la comunidad que los recibe, y por otro, por que están de paso.

Ante este panorama, resulta valioso tomar un minuto y echar una mirada a la historia. La civilización, con toda su riqueza cultural y social, inicia en el momento en que los nómadas dejan de serlo cuando logran asentarse en un lugar donde son capaces de proveerse para satisfacer sus necesidades y empezar a prosperar en comunidad.  Es muy probable que la vida seductora del nomadismo digital tenga fecha de caducidad para unos y no así para otros, pero para la vida común, puede ser una grieta difícil de resanar.

El hilo para desatar este nudo no es privar a quienes tienen y abrazan esta opción laboral, sino por el contrario, invitarlos a vivirla en plenitud, tomando decisiones conscientes que les permitan mantener relaciones edificantes y sólidas que les nutran sus propias vidas, integrándose y contribuyendo de manera positiva a las comunidades que los acogen y dándole sentido a esta forma de trabajar y vivir dentro de sus proyectos de existencia, recordando que siempre somos parte de la vida común.

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