La esperanza más íntima nace de la desesperación más profunda
-Byung-Chul Han
La muerte por eutanasia de Noelia Castillo nos reclama silencio y una profunda reflexión. Es una señal contundente de nuestro fracaso como sociedad a esala global. Una historia de vida escrita por la tristeza, el abandono y el abuso, sumergida en el sufrimiento físico y emocional tuvo un final manoseado por los medios, los grupos ideológicos y las disputas en tribunales.
Nuestra atención se fue al mensaje, y. no al mensajero. Los debates sobre la prerrogativa a una muerte digna y la ley de eutanasia, la autonomía frente a la salud mental y la legitimidad de quienes pueden oponerse a la ley en los países donde la eutanasia es un derecho fueron los temas que concentraron las conversaciones, mientas que lo único que era realmente importante era una persona habitada por el sufrimiento. Ahí es donde se produce la nueva caída de nuestros tiempos: hemos sido incapaces de heredar esperanza a las nuevas generaciones.
Como dice Byung-Chul Han, la esperanza no es optimismo. Si lo fuera, sería un rasgo de personalidad y sólo una porción de la población la tendría como un atributo bañado de pensamiento positivo, lo cual es bueno, pero se queda indefenso en el vaivén de la vida, pues está sujeto a un resultado que corresponde a nuestros deseos. Tampoco es resiliencia, pues sería un atributo del carácter y dependería de la formación de la voluntad y las herramientas que adquiere uno en su propia historia para enfrentar la adversidad. Optimismo y carácter pertenecen a la dimensión individual. La esperanza, por el contrario, anida en la vida común.
La esperanza tiene que ver con el sentido que encontramos en nuestras circunstancias, como decía nuestro reiteradamente citado Viktor Frankl. Pero el propósito es comunitario, surge cuando vivimos en un nosotros, que nos vincula y reconcilia como personas. La esperanza emerge cuando como comunidad abrazamos las negatividades de la vida y las enfrentamos en solidaridad; cuando somos capaces de poner a las personas al centro de manera incondicional, sin juicios ni discriminaciones, pues reconocemos colectivamente la supremacía de la dignidad humana, donde acompañamos el dolor para que no se convierta en sufrimiento.
Hemos construido una sociedad de supervivencia, donde hay que ganar para permanecer, competir para no perder y estar por encima de otros para valer. No buscamos la excelencia como sublimación del espíritu humano, sino como una forma de abatir al que no la logra. Bajo esta narrativa, sembramos miedo: a perder, a no ser suficientes, a ser débiles o vulnerables, a no merecer, a que la diferencia nos amenaza en vez de complementarnos y terminamos aislados en un mundo donde reina el individualismo. Pareciera que la vida es blanco o negro y que existe un solo disparo. En este miedo en soledad, no hay esperanza.
Nuestra vida común debe ser germen de esperanza. En la comunidad podemos nutrir de sentido la vida, a través de tejer lazos de cuidado y reconocimiento del valor del otro.
Después de Noelia, ¿podemos encontrar sentido en su final? Debemos hacerlo. Debemos dejar que su historia nos mueva internamente, que nos desespere cada una de esas circunstancias de su vida que se pudieron evitar, que nos desespere que no haya tenido consuelo en las que no. Debemos de dejar de gastar el tiempo en argumentos insulsos e invertir nuestras energías en tejer redes de esperanza en nuestras comunidades, desde la más íntima, nuestra familia y amigos, hasta la más compleja, nuestra organización social. Si nuestra vida común tuviera una sola tarea, esa sería construir esperanza.



