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Nudos de la vida común. Más de nosotros.

Cuando hay un diálogo verdadero, ambos lados están dispuestos a cambiar.

  • Thich Nhat Hahn

AMLO triunfó. Logró con su discurso paranoico de enemigos y adversarios, no sólo escindir a la población en dos grupos sino enfrentarlos en cualquier tema de la vida común. Vacunas, consulta popular y protestas en Cuba son ejemplos recientes de lo anterior, donde las diferencias de opinión se han convertido en ataques a quemarropa en lugar de oportunidades de búsqueda de verdad y construcción de unidad a través del diálogo.

Resulta paradójico que en esta supuesta era del conocimiento, la torpeza emocional se ha interpuesto en el camino. Las reacciones en estos temas, como en tanto otros, resultan emocionales y viscerales, dejando de lado el análisis crítico.

Tomemos el caso de las vacunas para erradicar el COVID19. Los detractores de las mismas argumentan una conspiración para dañar a la humanidad y tratan de desacreditar a la comunidad científica arguyendo que está siendo manipulada por intereses económicos de un grupo -¿mafia?- poderoso. 

Sospechan de los organismos internacionales e intentan combatir cifras y hechos científicos con testimonios individuales que circulan en cadenas en servicios de mensajería y redes sociales.  Con palabras más o menos elocuentes, los antivacunas pretenden echar por tierra el trabajo intenso de médicos, enfermeras e investigadores pretendiendo conocer una verdad que nadie más sabe porque según ellos, no le conviene a quienes “mueven los hilos del mundo”.  Olvidan que quienes realmente están salvando a la humanidad de esta pandemia es ese mismo personal sanitario a quienes buscan descalificar.

Por supuesto, en México hay libertad de creencias y cada quien puede adoptar la cosmovisión que le permita una mejor calidad de vida. El problema es el ataque instintivo para tratar de desalentar el proceso de vacunación que a fin de cuentas, es lo que ha controlado un poco la mortalidad de la pandemia en nuestro país.

Esta actitud social desafortunadamente brinca al siguiente tema común de la agenda nacional, a modo de revancha y ver qué grupo puede más.  Tomemos ahora la consulta popular, que el Presidente de la República la ha vendido como un juicio a expresidentes de lo que ha llamado el período neoliberalista. 

Leído desde los titulares de redes y medios de comunicación e interpretado desde la emoción, la respuesta ha sido que para hacer valer la ley no se necesita una consulta.  Argumento válido, pero no aplicable en este caso, pues no se trata de un consenso para un proceso penal – pues no se persigue un delito -, sino administrativo, ya que se trata de evaluar las decisiones de los actores políticos.   El lograr el voto afirmativo del 40% de los inscritos en el padrón nominal del INE haría que el proceso de esclarecimiento de tales decisiones sea un mandato que deben observar los poderes legislativo y ejecutivo federales.  

El problema es que se adoptan posturas frente a la consulta como vía de desfogue emocional: en contra o a favor del presidente, sin hacer un ejercicio de acercarnos al tema y analizar la situación.  Por ejemplo, el porcentaje necesario para lograr el objetivo de la consulta es alto para los niveles de participación ciudadana de los mexicanos. En las elecciones 2021, se logró una participación histórica de casi 53%, arengada por los apasionamientos alrededor del debilitamiento del partido en el poder. En este caso, y con menos de la mitad de casillas a ser instaladas, la meta se antoja casi imposible.

Pero más aún, de lograrse ese 40%, se estaría estableciendo un precedente muy importante en nuestro país, pues se abre la puerta a un ejercicio de rendición de cuentas mucho más claro.  Revisar una decisión pasada es complicado, pues requiere reunir evidencias enterradas en el tiempo, pero el efecto en la supervisión de las decisiones presentes sería contundente. En una de esas, le sale el tiro por la culata al actual titular del poder ejecutivo.

Nuevamente, parece que la carga emocional contra el presidente nos nubla la razón y no nos permite un análisis más objetivo. En esta nueva guerra ideológica, surge el tema siguiente: las protestas en Cuba y la reacción, una vez más,  es tomar partido.

Afortunada y sensatamente, hasta el momento, nadie se ha pronunciado en contra de la población. Curiosamente, es sobre las causas de la crisis cubana: el embargo comercial y financiero o la ineficiente administración pública de la isla. Esta es una discusión por demás infructuosa en nuestro país, pues lo único que hace es ser el nuevo pretexto para el enojo interno. 

Por supuesto, no es de aplaudirse la política comercial y financiera de Estados Unidos hacia Cuba, pues ha llegado al extremo de querer usar su poder económico para sancionar a países libres e independientes que decidan hacer negocios con esta nación del caribe. Pero tampoco se hace el análisis de que finalmente, en el momento presente, Estados Unidos es uno de los cinco principales socios comerciales de Cuba. 

Estados Unidos ha mantenido ciertamente una política dura, indolente y manipuladora pero no es la principal ni la única causa de esta crisis.  Resulta irónico que mientras Cuba haya optado por un régimen social, político y económico de alta intervención del Estado, culpe de su declive a un país de economía abierta y de libre comercio. 

Es importante recordar que una de las raíces más importantes de la situación actual en Cuba fue la suspensión de la subvención económica que recibía de países socialistas al disolverse la URSS y ante la caída del muro de Berlín a inicios de la década de los 90s. ¿Necesitamos ser solidarios con el pueblo cubano? Por supuesto que sí. No se trata de estar a favor o en contra de su régimen: se trata de seres humanos que están sufriendo.  No somos mejores que ningún dictador si condicionamos la ayuda que podemos dar según seamos políticamente afines o no.

Así seguirán surgiendo temas de nuestra vida común donde seguiremos reaccionando desde la emoción en el afán de demostrar que somos superiores al grupo que nos antagoniza. En la era de la información y el conocimiento, donde se ha buscado dar un lugar a las emociones, éstas han secuestrado nuestra capacidad de pensar de manera crítica y decidimos nuestras posturas desde las entrañas, sofocando el intelecto.

AMLO lo logró: ha dividido para vencer. Ha ganado el poder gracias a la manipulación emocional y nosotros se lo hemos permitido. ¿Queremos terminar con esta nueva hegemonía? Hagamos más de nosotros mismos. Desarrollemos nuestra capacidad de análisis, dediquemos tiempo a la reflexión objetiva y aprendamos a gestionar nuestras emociones e instintos para que no arrebaten nuestras posturas y decisiones en la participación en nuestra vida común.

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