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Nudos de la vida común. Hasta la reconciliación

La práctica de la paz y la reconciliación es una de las acciones humanas

 más esenciales y artísticas

-Thich Nhat Hanh

Permítame, estimado lector, ofrecerle una última reflexión en este mes dedicado a  visibilizar  la desigualdad entre hombres y mujeres. Como comentamos en un nudo anterior, a pesar de los pasos que se han dado en materia legislativa para garantizar derechos iguales para hombres y mujeres, esto sigue siendo una utopía, toda vez que no hemos alcanzado una equidad sustantiva en razón, primordialmente, de la cultura de nuestro país. Si bien es cierto que en medios urbanos las manifestaciones feministas han cimbrado – que no derribado – los paradigmas centrados en el hombre, en los medios rurales el género femenino sigue siendo el sexo débil, con la subyacente idea de dominación por parte de los varones y la sumisión por parte de las mujeres.

Para ver un cambio real, además de alinear leyes y regulaciones al propósito de igualdad, se necesita descongelar esta mentalidad ancestralmente enraizada en el subconsciente colectivo – a lo cual abonan, nos guste o no -, las luchas de los movimientos feministas. No obstante, estos han resultado insuficientes, pues por un lado, no logran penetrar en todos los contextos y por otro, han servido solo como válvulas de escape anuales, donde el resto del año, el tema se omite en las agendas tanto gubernamentales como de particulares.  Resulta pues necesario, mantener esta conversación abierta y crear observatorios en los diferentes contextos políticos y empresariales para fijar objetivos, asignar responsabilidades y materializar avances.

Resolver el problema de desigualdad de géneros, supone entonces acompañar la actualización de normas civiles y políticas como las prácticas culturales. Sin embargo, esto no es suficiente para reparar la ruptura del tejido social provocada por la desigualdad y violencia hacia la mujer. Para que se logre la igualdad normativa y la sustantiva, nos falta el paso quizás más importante del proceso: la reconciliación de géneros.  Es decir, hasta que no lleguemos al punto de la convivencia sana y armónica entre los géneros, no lograremos la paz. 

Así pues, la reconciliación implica resolver también la relación, lo cual demanda inexcusablemente, como señala John Perkins[1], reconocer la dignidad del otro, ver su punto de vista, sentir su necesidad y registrar el dolor que por generaciones, hemos vivido las mujeres por el hecho de serlo.  Justo ahí es donde resulta indispensable la escucha con el corazón y la mente totalmente abiertos, para que pueda asomarse la empatía y construir así el puente de la reconciliación.

Sin embargo, en este punto, también tendremos que enfrentar una pequeña gran trampa. Por naturaleza, hombres y mujeres tenemos dentro de nosotros mismos, feminidad y masculinidad (y esto no es ideología, sino mero diseño biológico).  No obstante, no hemos sido educados para incorporar ambos rasgos en nuestra conducta y menos aún en nuestra identidad, sino por el contrario, se nos ha inculcado ser lo uno y rechazar lo otro, mutilando de esta forma el desarrollo sano e integral de la personalidad de cada individuo.  Esto constituye precisamente la simiente de negación de la valía del género “opuesto”, pues en culturas como la nuestra seguimos venerando los patrones socialmente esperados de género y con ello literalmente aniquilamos la parte de nosotros que asumimos que no nos pertenece.  Esta negación de partes de nosotros mismos deriva inexorablemente en la búsqueda de la validación de nuestro género a fuerza de despreciar al otro. Y como desde antaño lo femenino es caracterizado como el “sexo débil”, las cuentas resultan fáciles y sabemos cuál es el género que termina oprimido.

La tarea de la igualdad de género no termina con el permitir la visibilización del problema, sino con el reconocimiento y reparación del daño.  El avance en la legislación es un paso apreciado, pero está lejos de ser suficiente. Lo que escribimos en papel necesita penetrar en las mentes de todo hombre y de toda mujer, y desde ahí, reconciliar en nuestros corazones ambos géneros. Entonces, desde la genuina empatía, podremos recrear las estructuras sociales que permitan sanar las heridas de la asimetría y la violencia contra la mujer para que una vez que colectivamente hayamos elaborado este duelo, pueda florecer la verdadera igualdad en nuestra vida común. 


[1] Autor estadounidense

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