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Nudos de la vida común. Estrés contagioso

¿Cuándo fue, estimado lector, la última vez que sintió preocupación constante, soledad o irritabilidad que no puede controlar? ¿Ha padecido recientemente dolor de cabeza, fatiga,  problemas digestivos o cambios en su patrón de sueño? ¿Le ha pasado que se le olvida qué iba a hacer, o que tiene pensamientos acelerados todo el tiempo o bien, que siempre son pesimistas? ¿Está trabajando demasiado o por el contrario, cayendo en negligencia sin quererlo?

Lo anterior, amable lector, lectora, son síntomas comunes de estrés, uno de los trastornos que más afectan nuestra calidad de vida. Si usted vive en México, sepa que las probabilidades de padecer este trastorno, son altísimas, pues alcanzan el 43% de la población adulta y más grave aún, el 60% en niños y adolescentes.

Resulta que nuestro cuerpo, para prepararse para enfrentar una amenaza interna o externa, produce una hormona llamada cortisol  El estrés le hace creer a nuestro organismo que la amenaza es constante, lo que lo lleva a producir esta hormona en exceso, lo cual empeora o desencadena otras condiciones, hoy siendo las más frecuentes la depresión y la ansiedad.

¿Qué pasa, entonces, con nuestros niños y adolescentes? Están creciendo en un contexto que perciben como una amenaza permanente. Si los adultos, que en teoría tenemos mayor control sobre la vida, estamos sumamente estresados, los infantes, desde la vulnerabilidad propia de su edad y de su etapa de madurez, viven esta angustia de los adultos pero de manera magnificada.

Los niños y niñas nos observan todo el tiempo y recrean el mundo a partir de lo que nosotros les transmitimos. Los adolescentes, a pesar de que parecen estar en contra de los mayores por consigna, nos tienen como referentes para interpretar la realidad.  Es decir, estamos contagiando nuestro estrés a las siguientes generaciones, siendo que nosotros tenemos mayor posibilidad de controlar nuestras reacciones a un entorno incierto y convulso, simplemente, por la experiencia que tenemos en lidiar con crisis y adversidades durante más tiempo.

En este punto, vale la pena tener presente que el estrés no son las circunstancias que vivimos, sino la respuesta que tenemos frente a las mismas. Aquí les invito, respetables lectores, a varias reflexiones

La primera es darnos cuenta si nuestros estresores son reales o potenciales. Es decir, es algo que nos está dañando de manera activa en el  presente o es una amenaza de lo que pudiera suceder en el futuro. Si se trata del primer caso, lo que corresponde es tomar una decisión y  actuar poniendo el límite – o incluso el fin- a lo que nos está lastimando. Si nos enfrentamos al segundo caso, lo que toca es primero evalar objetivamente su posibilidad de ocurrencia y segundo, prepararnos para la batalla, ya sea para enfrentarla o para evadirla. En una y otra situación,  debemos tener presente que quizás no podemos cambiar la circunstancia, pero siempre podemos decidir cómo responder a ella.

La segunda invitación es conocer nuestro propio estrés. Puede ser que nuestra personalidad tienda a ser más preocupona y temerosa que los demás. Esa es una característica que nos hace únicos y que nos permite aportar a nuestro entorno un sentido de precaución y prudencia. Es decir, es lo que nos toca hacer, solo que debemos impedir que esta característica nos consuma y nos paralice. Al final del día, el miedo es una emoción fabulosa. Es nuestra alerta interna de que algo nos pone en peligro y que es momento de prepararnos para enfrentar una situación que nos pone en riesgo. Por eso, no hay sabiduría en ignorar el miedo o en pretender que no lo tenemos, pues hacerlo, nos inhabilita para prepararnos a lo que nos amenaza. El temor nos trae un mensaje: nos invita a adquirir recursos para fortalecernos frente a aquello que puede lastimarnos o bien, para evadir el daño que nos puede causar. Identificar nuestro miedo nos empodera para actuar.

También es importante hacer un ejercicio de introspección para evaluar si el estrés que vivimos es nuestro, o es el de alguien más. Así como nosotros contagiamos nuestro estrés a nuestro núcleo personal cercano, puede ser que alguien más nos esté transmitiendo su propio estrés. Revisemos las conversaciones que tenemos de manera cotidiana: ¿tienen el color de la armonía o están teñidas del conflicto, el desacuerdo y el juicio sobre los hechos de la vida común o la crítica hacia los demás? Puede ser que nosotros estemos abonando a ellas, o alguien esté sembrando en nosotros miedo, angustia o desesperación, disfrazados de objetividad y sentido de realidad.

De la misma forma, conviene calibrar nuestras ventanas al mundo: noticieros, redes sociales digitales y plataformas de entretenimiento, entre otros. ¿Qué mensajes estamos consumiendo? Después de visitar estos medios, ¿nos quedamos con una sensación de paz y armonía? ¿o terminamos acelerados, insatisfechos, molestos o preocupados? La tranquilidad y la felicidad son caminos de vida, y definitivamente, muchos medios digitales no son autopistas hacia ellas

La intención de este nudo no es poner frente a usted un escenario catastrófico, sino por el contrario visibilizar cómo el estrés está contaminando nuestras vidas e invitarles a apropiarnos del problema y con responsabilidad, tomar acción para sanarnos y brindar un mejor yo a nuestra vida común y con ello, quizás dejar de estresar a los demás. Si me lo permite, amable lector, retomaremos este tema en la siguiente edición. Mientras tanto, le invito a respirar profundo y no estresarse sobre su propio estrés.

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