Nudos de la vida común. El trigo, el arroz, la IA y el home office

La doctora en Administración, Lilia Patricia López Vázquez,

En cada comunidad hay trabajo por hacer. En cada nación, hay heridas que sanar.

En cada corazón, está el poder para hacerlo. — Marianne Williamson

El home office sigue ganando espacio como la opción laboral preferida para los colaboradores, mientras que las empresas lo siguen viendo con recelo, pero por las razones incorrectas. En esta entrega, amables lectores, les invito a reflexionar juntos sobre los efectos del home office en el desarrollo de las personas más allá del contexto laboral y les ofrezco una comparación del home office con las sociedades que basan su alimentación en el trigo versus las que lo hacen en el arroz.

Como hemos ya comentado en varias ediciones anteriores, el home office ha sido fuertemente impulsado a partir de la pandemia por la urgencia con que se desarrollaron e hicieron accesibles las tecnologías de la comunicación. Éstas habilitaron el trabajo desde casa, con las ganancias de ahorro en tiempo y dinero de traslados para los empleados, y la reducción de gastos de oficina para las empresas.

El home office, al romper las barreras geográficas, también ha motivado una mayor inclusión laboral, haciendo accesible el trabajo a personas con discapacidad y a la vez que ha fomentado la diversidad, con los beneficios que ambas tienen.  En este mismo sentido, el home office amplió el alcance de adquisición de fuerza de trabajo y de talento, permitiendo a las empresas contratar personal disponible en otras localidades que con frecuencia tienen medias salariales más bajas, con lo que se pueden posicionar a la vez con sueldos competitivos pero inferiores al país de origen, en un aparente ganar-ganar.

El home office también abrió a los trabajadores la posibilidad de un mayor disfrute de vida por la comodidad de poder interactuar con satisfactores domésticos, como tener el refrigerador a la mano, uso de vestimenta más cómoda durante la jornada, la compañía de familia y mascotas y encontrarse en un entorno propio.  Pero más aún, ha logrado elevar la satisfacción laboral de los empleados por la reducción del tiempo de exposición a ambientes laborales  tóxicos.

No obstante estos beneficios, el home office instrumentaliza aún más el trabajo. La supervisión de los empleados a distancia se reduce a tiempo de conexión y resultados, diluyéndose el aporte que da a la empresa la esencia de la persona, mucho más allá de las competencias profesionales y anulando la creación de sinergias propias de la comunidad laboral. Así, esta reconcepción del trabajo y desvalorización del potencial de los colaboradores ha cocinado en olla exprés el caldo de cultivo para que la inteligencia artificial desplace masivamente puestos de trabajo: si lo que cuentan son los resultados, no importa de quién vengan, si de una persona o de la automatización de un proceso. Para las empresas, esto significa menos costos, menos errores y menos drama.

Pero permítame, apreciado lector, regresar al tema del trigo y el arroz. Las sociedades que basan su alimentación en el trigo presentan diferencias culturales muy importantes con aquéllas que producen y consumen arroz.  El cultivo del trigo se da en planicies secas y frías.  Requiere menos esfuerzo humano y menor consumo de agua, por lo que utiliza métodos de producción más individuales, que incluso, son más fáciles de ser automatizados. Esto genera una cultura más individualista.

El arroz, por su parte, necesita de climas húmedos, consume mucha agua y el doble de tiempo de trabajo que el trigo. Esto lleva a que los productores tengan una relación interdependiente pues tienen que compartir el agua, construir diques y canales y trabajar juntos para poder lograr una producción que les sustente la vida. Este hecho crea una mayor conciencia comunitaria y una mayor cohesión, permitiendo generar sinergias donde los esfuerzos individuales se potencializan con resultados que son mayores a la suma de las partes.

El home office crea sociedades productoras de trigo. Los colaboradores hacen su parte y por supuesto, normalmente dan resultados y crean valor, pero la posibilidad de lograr saltos cuánticos productivos y creativos por el esfuerzo colectivo se difuminan hasta que nos olvidamos que pueden suceder.

La interacción presencial se asemeja al cultivo de arroz. Las personas se enriquecen mutuamente y se humanizan por la presencia del otro. El simple hecho de salir y transportarse al trabajo, abre la mirada a otros mundos. Transitamos por lugares diferentes, donde las personas viven realidades distintas a las nuestras, creando oportunidades para detonar la empatía y la compasión. El compartir la misma cafetera, incluso cuando hay que discutir por que alguien la dejó sucia, forja familiaridad e identidad. El pasar por problemas comunes tan mundanos como una caída de internet o tan serios como la preocupación por el compañero que cayó en desgracia, generan unidad y fortaleza en la vulnerabilidad.

En el trabajo presencial se desvela nuestra vida común. Ahí es donde el trabajo trasciende, pues va mucho más allá de la tarea. Es donde la presencia del otro nos reta y nos motiva, a veces de manera agradable, otras tantas por oposición, pero creciendo en la consciencia de cómo somos interdependientes. Ahí es donde un adjetivo refleja la más noble potencia humana: creatividad colectiva, inteligencia colectiva, compasión colectiva, sanación colectiva.

El home office, por las bondades que ofrece, seguirá siendo una tendencia, pero es buen momento para repensarlo para que sea un campo de arroz y no de trigo.