No se envilezca quien ocupe el primer lugar en una actividad,
es decir, no tomemos la vida como una competencia, sino como un ameno compartir.
- Hermes Varillas
Los resultados del examen de admisión a la máxima casa de estudios del país, la UNAM, es una fuerte llamada de atención no solo al sector educativo, sino a la sociedad en conjunto. Aún cuando el juicio más apresurado cuestiona la formación en valores de los jóvenes aspirantes, es importante tomar este fenómeno desafortunado como un espejo de nuestra vida común y no podemos postergar la decisión de cómo lo queremos limpiar.
Empecemos, estimados lectores, por el contexto. La UNAM ocupa el cuarto lugar en el ranking de universidades en América Latina y el 145 a nivel global. En un país de altos niveles de pobreza y marginación social, el acceso a la educación superior en nuestro país es el instrumento más limpio de movilidad social. Entre mayor sea el nivel de calidad educativa de la institución y mayor prestigio, las probabilidades de lograr este objetivo se multiplican exponencialmente.
Esto hace que el ingreso a la UNAM sea tan legítimamente codiciado. Más de 150,000 jóvenes compitieron por un poco menos de 22,000 lugares disponibles. Es decir, las oportunidades de ingresar eran de menos del 15%. Siempre se ha sabido que se trata de una lucha ruda por conseguir una silla en las aulas puma.
¿Qué fue lo que pasó este año? Por primera vez, se hizo una aplicación a distancia de la prueba de ingreso y los resultados fueron completamente atípicos. Mientras en años anteriores los resultados de la mayor parte de los estudiantes se ubicaba en el rango de 40 a 50 aciertos correctos, en esta edición, ese grupo se desplazó a los 90 a 100 aciertos. Por ejemplo, en el caso del ingreso a la Facultad de Medicina, el porcentaje de estudiantes que lograron un puntaje superior a 100 en años anteriores, un promedio del 9%. Para la prueba 2026, el porcentaje de alumnos que lograron tal resultado llegó a un 29.3%, es decir, se triplicó.
Todo esto dió por resultado que se inflaran las calificaciones obtenidas y el corte de puntaje de admitidos se elevara en más de 10 puntos respecto a años anteriores.
Lo triste de esta historia, es que obviamente no se trata de un salto en el nivel de calidad educativa en nuestro país. De hecho, la hipótesis ni siquiera podría ser sugerida. Desde 2019, México dejó de contar con evaluaciones estandarizadas, públicas e independientes del nivel de logro en el aprendizaje de las y los estudiantes de los distintos grados educativos. Si bien es un mito que no se puede reprobar a las y los estudiantes, lo que sí es un hecho es que los estudiantes pueden ser promovidos de grado hasta con cuatro materias no acreditadas. Los alumnos que se encuentran en esta circunstancia son condicionados a pasar las asignaturas con algunas opciones de regularización.
Lo anterior tiene como objeto brindar oportunidades a todos los niños y niñas de continuar estudiando, lo cual es totalmente deseable. Ningún niño debe quedarse sin escuela y debe ser apoyado desde sus circunstancias. Sin embargo, es imperioso asegurarnos que su avance sea apropiadamente acompañado y que efectivamente desarrolle sus capacidades. Más que tratarse de una trayectoria académica de tiempo, necesitamos garantizar que sea de profundidad y calidad, poniendo al niño o niña al centro, y no la necesidad de los padres de familia de ver a sus hijos subir una escalera vacía, y menos, la de engrosar la cobertura de los servicios educativos proporcionados por el gobierno. Sí queremos un sistema educativo solidario y compasivo, pero también efectivo, donde el objetivo no sea un promedio de escolaridad, sino más bien, el desarrollo pleno de las personas, que les habiliten a enfrentar la vida, y donde la personalidad se temple en el esfuerzo y todos puedan disfrutar de la dignidad de cosechar sus propios frutos.
Se suma a esto la percepción de corrupción en el país. Nos encontramos en el lugar 141 de 180 en el índice de transparencia internacional, logrando sólo 27 puntos de 100. Los aspirantes a ingresar a la UNAM tomaron una prueba con la percepción de que el ingreso no era transparente, teniendo la idea (fundada o no) de que los familiares de trabajadores de la institución tienen preferencia, o bien, que se necesita una “palanca” para ingresar. En un país donde la corrupción se ha vuelto cultura y donde la información que compromete al propio gobierno se etiqueta como de seguridad, se defiende con otros datos, o se censura a los medios que reclaman transparencia, es difícil convencer a los aspirantes de que sus esfuerzos se verán reflejados en los veredictos de admisión. Esto tampoco justifica, pero sí explica.
No puede faltar en nuestras reflexiones la falsa alianza con la inteligencia artificial. La facilidad de acceso nos encanta a todos. La sensación de poder que nos da al evitarnos ser exhibidos por nuestros errores y el escudo que representa contra la humillación de la ignorancia utilizada históricamente en el sistema educativo, seducen a cualquiera. No argumento inocencia de los aspirantes, sino que invito a la corresponsabilidad que el propio sistema educativo tiene en ello.
La esperanza de la movilidad social, la ansiedad por lograr ser admitido, el bajo nivel educativo, la condescendencia en el proceso de aprendizaje, la cultura de corrupción y el arca abierta donde el más justo peca son factores que produjeron este fraude académico masivo. Sí, fueron los aspirantes, pero cada decisión que ellos tomaron durante la prueba de admisión, llevaba la huella que nuestra vida común les ha dejado.
Lo de menos, es hacer la prueba presencial de filtro que replicará la UNAM. Debe hacerlo sí o sí, sino el prestigio de la institución se derrumbaría, y con él, la política pública se opacaría aún más. Lo demás, es tener una reflexión colectiva y profunda y abordar con seriedad esta problemática, asumiendo la responsabilidad que cada uno y una tenemos en lo que hemos tejido como vida común. Cuando un dedo señala al otro, tres nos señalan a nosotros mismos.


