La vida interior sostiene toda relación
- Jacques Phillipe
Les ofrezco disculpas, amables lectores, si el título de este nudo les sugirió que hoy haríamos juntos un análisis histórico o político de los conflictos que agobian nuestra vida común, en lo doméstico y en lo internacional. En esta entrega, por el contrario, quiero invitarlos a echar una mirada profunda e íntima al origen de los conflictos humanos y geopolíticos, que en estas semanas, se han revestido de violencia y muerte.
Un conflicto, por definición, inicia con la percepción de que alguien o algo está intentando hacerme daño o privarme del logro de mis intereses. De esta forma, un conflicto se hace visible cuando se identifica a una persona o un ente a quien puedo responsabilizar de lo que ocurre y que evalúo que me perjudica. Es decir, el conflicto existe desde una posición de víctima. El sentir que el otro o los otros tienen la culpa de lo que nos sucede crea de manera inconsciente, un espacio de alivio en que no soy yo quien tiene que hacer algo al respecto, o bien, lo que tengo que hacer, es expulsarlo del sistema al cual pertenecemos, para que deje de molestar.
La respuesta es, entonces, la disolución de una relación. Entre más violenta sea la ruptura, más dueños somos del origen del conflicto. Aquí aplica el principio hermético que dice que como es adentro, es afuera.
Pensemos por un momento en la vida interior de los protagonistas de los conflictos que estamos atestiguando en estos días. En la escala que elijan, apreciables lectores. Por ejemplo, llevemos nuestra atención a los poderosos gobernantes de naciones que hacen gala de su armamento para desplegar acciones en contra de otros países, con la bandera de restaurar el orden o la democracia, pero que todos sabemos que en ellos subyacen intereses económicos de magnitud extraordinaria. ¿En qué momento o en qué pérdida habrán aprendido que el sentido de la vida es la acumulación de riqueza? O los líderes políticos cuya estrategia es culpar y denostar los contrincantes a quienes identifica como enemigos, a quienes culpan y atacan, deseando de manera descarada su extinción, pues parece que de ello depende su validación y legitimidad en el poder y no en la democracia que pregonan y que a la vez descartan ¿qué evento o quien les enseñó que solo hay una vía para la felicidad y que si no es la suya, no hay forma de lograrla?. O las cabecillas de las organizaciones delictivas que hacen despliegues de las fuerzas que tienen sus ramas que han extendido por todo el país para demostrar tanto al gobierno como a la población cuán grande es su poder ¿qué suceso les hizo descubrirse en vulnerabilidad profunda? O vayamos a contextos más cercanos. El compañero de trabajo que nos vende el saludo y que aprovecha cualquier oportunidad para mostrar que los demás viven en el error y que son los causantes de que la empresa no prospere, o que ellos mismos no lo hagan ¿quién calificó algo que hicieron como incorrecto y les hizo sentir que su vida era una vergüenza?. O la pareja que es infeliz y vive en amargura porque el otro no hace su parte ¿qué relación cercana fue totalmente ausente y lo hizo una persona dependiente?.
Cada uno de estos personajes encuentran en el conflicto su coartada inconsciente para no pasar por el temor más profundo: encontrarse a sí mismo en la propia vida interior. Todos tenemos una historia y en esta vida, nadie sale emocionalmente ileso. El miedo a ver nuestras heridas, nos pone en modo de huida de nosotros mismos, pues tememos que nuestras llagas se vuelvan a activar y el mejor lugar para resguardarnos, son los otros y es allí donde adjudicamos el error que causa nuestro sufrimiento interno. El conflicto es el lugar perfecto para fugarnos de nosotros mismos y tener una causa socialmente validada de nuestro dolor y del ejercicio de nuestras violencias.
Cuando no hay paz en la vida interior, o cuando ni siquiera queremos asomarnos a ella, no hay forma de sostener una relación, en ningún nivel. Se rompe lo interpersonal, lo laboral, lo social, lo institucional, porque en realidad estamos rotos internamente. Y con esto, no pretendo justificar la violencia que hoy vivimos, sino más bien invitar a responsabilizarnos cada uno de nuestra vida interior. Al echar una mirada hacia ella, seguro que encontraremos dolor, pero también habrá redención y fortaleza interna, pero sobre todo, sabernos habitantes del sufrimiento nos abre el corazón y la mente a la compasión, y justo ahí, es donde tejemos juntos la paz.



