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Nudos de la vida común. “El dilema del prisionero y la solidaridad en nuestra vida común”.

Sé tú quien aparta la piedra del camino – Gabriela Mistral

 

Uno de los ejercicios clásicos de la teoría de juegos es el dilema del prisionero[1].  En él se presenta un escenario donde dos sospechosos de asalto son detenidos y separados  por la policía para impedir la comunicación entre ellos. El fiscal está seguro de que cometieron el delito, pero no tiene evidencia contundente para procesarlos. A ambos les da como alternativa confesar o no: si ninguno de los dos confiesa, ambos recibirán la pena media por un delito menor debido a la carencia de pruebas (por ejemplo, dos años de prisión). Si los dos confiesan, serán procesados conforme a ley, pero recomendará una pena inferior a la más severa posible (siete años de prisión). Pero si uno confiesa, y el otro no, a quien haya confesado se le dará la pena mínima como incentivo por colaborar al proporcionar evidencia para la impartición de justicia (seis meses de prisión) y a quien no haya confesado, se le solicitará la pena máxima (diez años de prisión).

Este juego tiene como objetivo identificar los componentes no racionales en la toma de decisiones estratégicas como la confianza, en este caso. Si los prisioneros deciden colaborar eligiendo la opción en que ambos pierden menos – no confesar y confiar en su compañero -, enfrentarán una pena manejable de dos años. Esto sería el mejor escenario, pero recordemos que ellos están incomunicados y no pueden saber lo que hará el otro. Y el nivel de confianza mutua también es una incógnita. Si uno decide colaborar y el otro confiesa, el que colaboró, tendrá la pena máxima y el que confiesa, la menor.

Justo parece ser este el nudo de nuestra vida común que se debate en estos días en torno a la contención de la economía nacional durante la crisis de COVID19: Empresas y Gobierno. Por un lado, el apagón económico provoca la inevitable pérdida de ventas y detención en seco del flujo de circulante en todo el país. Por otro, se demanda a las empresas el cumplimiento puntual de todas sus obligaciones: nóminas, pago de impuestos, acreedores bancarios y proveedores (con algunas sanas negociaciones en estos dos últimos actores), sin ningún apoyo ni incentivo oficial por parte de la Federación, pero sobre todo, con la gran incertidumbre de la gravedad y duración de la crisis económica por venir.  Las finanzas de las empresas se ponen en riesgo, y con ello, cientos de miles de empleos. Lejos de implementar mecanismos de apoyo a la conservación de los mismos, se presiona aún más a las empresas, se les exhibe y se les amenaza.  Desde la Presidencia de la República se disemina la imagen de que las empresas, de manera generalizada, son “las villanas del cuento” pues promete destinar los impuestos que deben 15 de las empresas más grandes del país a apoyos crediticios a PYMES, como si no existiera un presupuesto de ingresos y egresos de la Federación y más aún, como si el Ejecutivo tuviera la facultad de disponer de los ingresos de los mexicanos de esta forma unilateral y arbitraria.

Por supuesto, no son inocentes las empresas. En muchas de ellas, desde micro hasta grandes organizaciones, existen prácticas tendientes al incumplimiento de obligaciones: evasión de impuestos, omisión del registro de trabajadores en el Seguro Social, o declaración del  mismo con un sueldo inferior al real,  firma de “hoja en blanco” al momento de contratar al trabajador, pago de sobornos para verse favorecidos con contratos de proveeduría a los distintos niveles de Gobierno, entre muchas otras.  Pero también es cierto que al día de hoy, las empresas son el motor de empleo en el país y quienes con el pago de impuestos hacen posible que el Gobierno pueda llevar a cabo su labor y pueda redistribuir el dinero a través de los programas sociales.

El antagonismo Gobierno-Empresas se ha agudizado, la confianza se ha fracturado y se le ha cerrado la puerta a la comunicación entre estos dos actores vitales de nuestra vida común.  Ambas entidades son prisioneros que deben tomar una decisión: cooperar y confiar o escalar el conflicto al enfocarse únicamente en su propio beneficio: dinero y poder.  ¿Alguno de los dos dará el primer paso para poner la mirada en un objetivo estratégico llamado México? ¿Alguno de los dos recordará que el centro de la vida social es la dignidad de la persona humana y a ella dirigirá sus acciones?

En las siguientes entregas, si usted me lo permite, amable lector, lo invito a intentar desenmarañar un poco este nudo de nuestra vida común.

 

 

[1] Denominado por Albert Tucker(matemático de la Universidad de Princeton) en la década de los 50s del siglo pasado (Morgan, M., 2001)

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