Nudos de la vida común. De vuelta a los artificios de la inteligencia

La doctora en Administración, Lilia Patricia López Vázquez,

La inteligencia artificial debe ser un puente, no un muro entre las personas

– Francisco

El uso de la inteligencia artificial se sigue esparciendo haciéndonos aparentar más listos de lo que somos, y quizás, entre sus costos, está el deterioro de nuestra autoestima y la incentivación del síndrome del impostor.

Siendo honestos, el tener en la punta de nuestros dedos la posibilidad de no pasar por incompetentes es una oportunidad que nadie va a desaprovechar. Y nos sucede en todos los ámbitos. Cada vez más, leemos y escuchamos discursos políticos, notas periodísticas, mensajes publicitarios, publicaciones en redes, declaraciones empresariales e incluso agradecimientos que gritan en su estructura y lenguaje que fueron redactados por una inteligencia artificial. 

En mucho podemos escudarnos en que nos falta tiempo para responder a las múltiples e interminables demandas de nuestro entorno, y que la inteligencia artificial nos permite entregar de manera oportuna y aparentemente correcta lo que se nos ha solicitado y responder con eficacia a las expectativas laborales y sociales. Ciertamente, el estilo de vida construido alrededor de resultados económicos donde la productividad es el fin último ha hecho desaparecer de nuestras agendas el tiempo para pensar, para reflexionar y para refrescar el cerebro en el ocio. Estamos regresando a la medición de tiempos y movimientos donde el trabajo humano se convierte en una hoja de cálculo donde sí o sí, se tienen que entregar resultados medibles y observables que excluyen el espíritu humano. Hoy la inteligencia artificial es quien construye esos cálculos que nos están regresando a esquemas esclavistas donde el quién y el para qué no importan, sino sólo el qué y el cuánto.

Desde esta perspectiva, es obvio que la inteligencia artificial puede y debe reemplazar a las personas en el trabajo. Si esperamos que una persona sea una máquina que produce piezas o servicios masivamente, un robot bien puede hacerlo. Y debe hacerlo porque ese no es el destino del trabajo humano. El destino del trabajo humano no tiene que ver con producir riqueza económica, sino con crear entornos donde las personas podamos desarrollar nuestros talentos, perseguir anhelos y liberar nuestro espíritu. Se trata de construir una vida que valga la pena vivir. Opuestamente, una vida que se reduce a trabajar de lunes a viernes y hacer limpieza y surtir la despensa en el fin de semana, es una vida secuestrada por un sistema económico que debería ser ejecutada por un robot, y no por una persona.

La búsqueda de la excelencia abona a esta perspectiva, pues exige llevar al límite las capacidades humanas, y nos va tatuando en la piel un mensaje lacerante de “no soy suficiente”.

La inteligencia artificial resulta entonces en un desfogue de esa sensación de nunca estar a la altura, y mientras más se normaliza su uso en la vida común, más nos expulsa de la misma.  Cada vez más, somos medidos por el estándar que dicta la inteligencia artificial, y no por el espíritu de un otro que es semejante a nosotros y que puede calibrar nuestra verdadera esencia. Este otro también renuncia a su propia capacidad y cede su contribución única a lo que dicta  la inteligencia colectiva materializada en tecnología.

La inteligencia artificial pues, se está convirtiendo en una máscara que por un lado esconde nuestras dudas sobre nuestra propia capacidad y por otro, nos crea un rostro que nos hace socialmente aceptables o incluso, admirables. Sin embargo, en la intimidad con nosotros mismos, se fortalece la idea de que no somos tan buenos, pues necesitamos de esta muleta tecnológica para tener éxito,  haciéndonos perder de vista lo que aportamos desde lo que realmente somos. En el fondo, sabemos que ese discurso, escrito, o cualquier pieza intelectual, es producto de un ente artificial que se ha alimentado de la inteligencia de todos nosotros y que siempre será superior a la de uno solo, así que no hay forma de competirle.  Localizamos nuestro factor de éxito en algo exterior, y por tanto, perdemos control sobre él y nos disociamos del mismo. En el espejo, se dibuja un nuevo impostor, uno que ya no ve la parte que pone de sí mismo en sus logros. Ya no apreciamos nuestros aciertos como resultado de nuestra capacidad, y esto va haciendo crecer inseguridades internas, pues dejamos de tener ese valor único para nuestro entorno, pues al final del día, todos de alguna forma u otra, estamos haciendo uso de la inteligencia artificial y por tanto, dejamos de diferenciarnos, y con ello, perdemos nuestra tarjeta de presentación que solía ser única.

Es un hecho que profesionalmente el nuevo competidor en la cuadra es la inteligencia artificial. No aprender a usarla es una debilidad que puede hacer que nuestra carrera se desbarranque. Sin embargo, debemos tener muy presente que la inteligencia artificial no solo tiene el poder de sacarnos del mercado profesional, sino también de atrofiar nuestra autopercepción pudiendo derivar en una destrucción de nuestra autoestima y peor aún, de que caigamos en el olvido de quienes somos y qué rol se nos ha dado para edificar nuestra comunidad.

Recordemos que si bien la inteligencia artificial es alimentada por nuestra inteligencia colectiva, también es nutrida por la estupidez humana, por lo que no podemos darle el poder para que gobierne nuestra vida común. Sería tan grave como ceder nuestra responsabilidad o incluso nuestra identidad a un martillo o una rueda. 

De manera muy particular me dirijo a ustedes, amables lectores que tienen una posición de liderazgo, que es cierto que la inteligencia artificial nos está permitiendo dar estructura y rumbo a nuestros objetivos empresariales o sociales. Es cierto que amplía la perspectiva y diseña estrategias prometedoras, políticas y procesos alineados perfectamente, concretados con indicadores precisos para implementarlos. Todo listo para compartir con nuestros equipos de trabajo. Pero el efecto que cada uno de nosotros tenemos en nuestras gente, en la integración y consolidación de nuestros equipos, no se va a derivar del plan que nos entregó la inteligencia artificial. Recordemos que líder sin estrategia no camina, y estrategia sin líder tampoco. E inteligencia artificial sin humano, menos.