Última parte
El carácter no puede desarrollarse en la tranquilidad y la quietud. Solo a través de pruebas y sufrimiento puede fortalecerse el alma, despejar la visión, inspirar ambición y lograr el éxito.
– Helen Keller
Quiero, amables lectores, cerrar esta serie sobre el victimismo, el optimismo y el protagonismo con la idea que ha dado el título a estas últimas entregas. Los problemas de la vida construyen nuestro propósito, dotándonos de oportunidades para resolver algo en nosotros mismos.
Para empezar, les invito a que miremos juntos el significado de la palabra resolver, pues mi deseo no es que nos concibamos como algo que está mal, roto, descompuesto o incompleto y que para eso nos suceden adversidades. Por el contrario, resolver tiene más que ver con nuestras virtudes y capacidades. Si buscamos en la etimología latina, encontramos que la palabra resolver viene del latín resolvere que significa desatar, aflojar, liberar o explicar. Así es que nuestra transformación personal no se trata de cambiar, pues eso implicaría algún error en nuestra configuración. Se trata de liberar nuestro potencial a través de la remoción de los bloqueos de nuestros hábitos, de nuestra mente, de nuestro corazón o de nuestro espíritu.
La vida no es lineal y no existe un algoritmo de felicidad eterna, lo cual me parece el mayor acierto de su diseñador, sea quien fuere según las creencias de cada uno de nosotros. Si así lo fuera, nuestro destino sería inamovible y muy probablemente nuestra vida sería muy corta, al carecer de un propósito. Por el contrario, este continuo subir y bajar, ir y venir, excavar y expandir en múltiples dimensiones, nos permite adueñarnos de nuestra vida y ensancharla a través de la liberación de quienes realmente somos. Y más aún, nos convierten en un agente de esperanza que hace que trascienda nuestra vida común.
Cada crisis que atravesamos en la vida afloja nuestras limitaciones y nos lleva a empezar de nuevo, pero no desde el principio, sino desde el punto donde nos deja. Recordemos las tragedias derivadas de desastres naturales. Cada una ha liberado la generosidad, la solidaridad y la resiliencia comunitaria, y nos ha hecho crecer el músculo de la resistencia, siendo cada vez más fuertes para enfrentar los nuevos retos. Esto nos hace pasar de víctimas a sobrevivientes, y el núcleo de esta sutil diferencia, es nuestra propia trascendencia.
Un ejemplo admirable son las madres buscadoras, quienes han pasado por una de las experiencias más terribles que puede atravesar un ser humano y en ella, han desatado los miedos más limitantes, pues los han visto de frente, y los han transmutado en valentía, fortaleza y coraje. Esta situación de hiel pura ha liberado sus espíritus indomables, dando testimonio de la infinitud de su fuerza y de cómo solo en la verdad, se reencuentra la paz.
Estas situaciones extremas explican de manera extraordinaria cómo un problema nos resuelve, no solo personalmente sino como comunidad. Pero esta transformación también sucede en los pequeños desafíos de la vida: una enfermedad que nos explica cómo funciona nuestro cuerpo y sana; un examen que nos enseña sobre nuestra capacidad intelectual, más allá de una calificación; un colaborador difícil que reta nuestro liderazgo y nos hace más hábiles en el acompasamiento de lo humano y las metas en el trabajo o una discapacidad que desdibuja las creencias sobre la supremacía de los físico sobre lo espiritual.
Nosotros no resolvemos problemas. Ellos nos resuelven a nosotros si abandonamos la posición de victimismo y nos convertimos en sobrevivientes que protagonizan su propia transformación al trascender las circunstancias y develar quiénes somos en realidad.


