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La hora del Estado.

La hora del Estado.

 

Cuando los hechos cambian, cambio mi mentalidad.

John Maynard Keynes

 

La emergencia sanitaria causada por el llamado Covid-19 llegó a México, como era previsible e inevitable. Con él tendremos que vivir y sufrir por un tiempo todavía indefinido. Muchas cosas están cambiando rápidamente y habrán de cambiar más. El INE reconoció la gravedad de la crisis sanitaria y ha tomado decisiones progresivamente enérgicas para enfrentarla: medidas de higiene y distanciamiento social; suspensión de la capacitación de ciudadanos funcionarios de casilla; suspensión del servicio al público de la credencialización; suspensión de plazos legales; sesiones virtuales (a distancia) de sus órganos de dirección; orden de trabajar desde casa, en lo posible, y finalmente, posposición de las elecciones locales de Coahuila e Hidalgo.

A la crisis sanitaria le sigue, inexorablemente, una crisis económica que apenas comienza. Los daños económicos y sociales -en la producción, el comercio, el consumo y el empleo- serán enormes, pero pueden atenuarse si los gobiernos toman oportunamente las decisiones apropiadas. Es la hora de que el Estado asuma su responsabilidad rectora, con todas las facultades, capacidades e instrumentos de que dispone para enfrentar la crisis. La obstinación en las prácticas y creencias del pasado inmediato, la inacción o la simple tardanza en actuar pueden costar miles de muertes evitables y una desastre económico y social sin precedentes.

Todos los países desarrollados, casi sin importar la orientación ideológica de sus gobiernos, están tomando medidas de intervención estatal impensables hace apenas unos meses. Todos, en mayor o menor grado, están subvencionando a quienes pierdan el empleo, a los auto-empleados y a los pequeños empresarios en riesgo de cerrar su negocio; muchos están transfiriendo dinero como renta básica a familias; todos están concediendo prórrogas, descuentos o exenciones de impuestos; todos están avalando y subvencionando créditos para salvar empresas, a fin de salvar empleos; algunos gobiernos cubren la mayor parte del salario de trabajadores de empresas que han tenido que parar; otros han decretado la moratoria de deudas hipotecarias y suspensión de pagos de servicios; todos han destinado presupuestos billonarios para la salud pública; todos están previendo grandes créditos fiscales para reactivar la economía cuando pase lo peor de la pandemia. Y todos, naturalmente, reconocen que la única manera de financiar todas esas acciones es adquirir deuda pública y facilitar la deuda privada. El equilibrio fiscal ahora no sólo es quimérico, sería suicida. Cuando el mercado se paraliza, corresponde al Estado dinamizarlo.

Pero no solamente los gobiernos de los países más ricos están tomando tales medidas de salvamento por cuenta del gasto estatal. Chile prevé destinar 4.7% de su PIB a enfrentar la pandemia y reactivar la economía; Brasil y Perú, más de 2%, Argentina 1.5% y Colombia 1.3%. Obviamente, ese gasto adicional tendrá que cubrirse en parte con déficit fiscal y deuda. Inclusive economías más pequeñas hacen lo propio: Costa Rica está concediendo moratorias fiscales y Ecuador un aplazamiento de las cuotas de seguridad social. La recesión económica exige al Estado ir más allá de la ortodoxia monetaria y fiscal, tan cara a las doctrinas neoliberales.

México no puede eludir la gravedad de la crisis sanitaria ni pretender enfrentar la crisis económica con las recetas del año pasado. Hacen falta muchos más recursos para comprar equipos e insumos médicos, más pruebas diagnósticas del coronavirus, habilitar más salas de terapia intensiva y contratar más personal médico y de enfermería, por lo menos para reponer al personal de honorarios que fue despedido por millares el año pasado. Para paliar la crisis económica, las pensiones para ancianos y becas para jóvenes desempleados son una ayuda encomiable, pero claramente insuficiente para el tamaño de la población amenazada por el desempleo u ocupada en la economía informal. Se trata de proteger los empleos ya existentes, no tanto de crear nuevos cuando la economía se contrae. Y para ello es indispensable cambiar algunos criterios que han guiado a la actual administración. Hablar de empresas no es sólo pensar en las grandes, sino en los 4 millones de microempresas con 1 a 10 empleados, que no resistirán un mes pagando sueldos sin percibir ingresos. Aplazar el pago de impuestos no es condonarlos, pero puede salvar millones de empleos. Aceptar un déficit fiscal y un endeudamiento moderados es lo más responsable que el gobierno puede hacer ante la emergencia sanitaria y económica. Atreverse a cambiar puede hacer la diferencia entre una crisis y una catástrofe.

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