Cada proceso electoral trae consigo un fenómeno que, aunque pocas personas conocen por su nombre, prácticamente todos hemos presenciado. De un día para otro, todos los candidatos o aspirantes a ello, aparecen rodeados de adultos mayores, personas con discapacidad, comunidades indígenas, madres buscadoras, niños enfermos, agricultores, estudiantes o familias en condiciones de pobreza.
Las fotografías abundan, los abrazos se multiplican, los discursos apelan a la empatía y las redes sociales se llenan de mensajes que prometen inclusión, justicia y compromiso con los sectores más vulnerables.
Sin embargo, una vez que termina la campaña, muchas de esas personas desaparecen de la agenda pública con la misma rapidez con la que aparecieron en los anuncios políticos. Sus problemas permanecen, las promesas se diluyen y la atención mediática se desplaza hacia la siguiente estrategia de comunicación.
Existe un nombre para describir esta práctica. Se trata del tokenismo.
El tokenismo consiste en utilizar de manera simbólica a personas pertenecientes a grupos históricamente vulnerables para proyectar una imagen de sensibilidad, diversidad, inclusión o compromiso social, sin que exista una intención auténtica de transformar las condiciones que enfrentan.
En otras palabras, las personas dejan de ser el centro de la acción pública para convertirse en instrumentos de una narrativa política.
Aunque el concepto surgió hace décadas para describir prácticas de inclusión superficial en distintos ámbitos sociales y laborales, hoy resulta imposible ignorar su presencia en la política contemporánea. Basta observar cualquier campaña electoral para descubrirlo.
No es casualidad que, conforme se acercan las elecciones, aumenten las visitas a comunidades marginadas, las fotografías con personas en situación de vulnerabilidad o los discursos cuidadosamente diseñados para despertar emociones.
El problema no es acercarse a quienes más lo necesitan, todo servidor público debería hacerlo. El verdadero problema comienza cuando ese acercamiento termina siendo únicamente una estrategia de posicionamiento político.
Una fotografía no sustituye una política pública, un abrazo no reemplaza un presupuesto, un discurso no corrige años de abandono institucional, una publicación en redes sociales no resuelve las necesidades de quienes aparecen en ella.
Quizá la expresión más preocupante del tokenismo es que convierte la dignidad humana en un recurso de comunicación. La persona deja de ser reconocida por su valor intrínseco y desafortunadamente pasa a ser útil por el mensaje que transmite frente a una cámara.
Su presencia sirve para construir una imagen de cercanía, humanidad o compromiso, pero no necesariamente para impulsar soluciones reales.
Este fenómeno puede observarse prácticamente en cualquier grupo social, por ejemplo, las comunidades indígenas son invitadas a ceremonias y actos públicos mientras muchas continúan enfrentando rezagos históricos en salud, educación, infraestructura y acceso a la justicia.
Las personas con discapacidad son protagonistas de campañas publicitarias mientras ciudades enteras siguen siendo inaccesibles para quienes utilizan una silla de ruedas o viven con discapacidad visual o auditiva.
Los adultos mayores aparecen en espectaculares y eventos multitudinarios, aunque miles continúan enfrentando dificultades para acceder a servicios de salud oportunos, medicamentos o cuidados especializados.
Las madres buscadoras reciben abrazos, palabras de solidaridad y espacios en conferencias de prensa, pero continúan realizando una labor que, en buena medida, corresponde al propio Estado.
Los profesionales de la salud son llamados “héroes” cuando conviene políticamente, mientras muchos siguen trabajando bajo condiciones precarias, con sobrecarga laboral, infraestructura insuficiente y recursos limitados, así, cada uno de estos ejemplos comparte un mismo patrón, la imagen ocupa el lugar de la solución.
El tokenismo es particularmente peligroso porque produce una ilusión de inclusión, desde el exterior parece que las instituciones escuchan, atienden y representan a quienes históricamente han permanecido invisibles. Sin embargo, cuando termina el evento público, la fotografía o la campaña electoral, las condiciones estructurales permanecen prácticamente intactas.
No basta con aparecer junto a una persona vulnerable; hay que preguntarse qué cambió en su vida después de que se apagaron las cámaras., no basta con pronunciar discursos sobre igualdad, es necesario construir condiciones que permitan ejercerla.
No basta con hablar de dignidad humana, hay que traducir ese principio en decisiones concretas, presupuestos suficientes, instituciones eficientes y mecanismos de evaluación que permitan conocer si las políticas realmente mejoran la vida de las personas.
Quizá el aspecto más preocupante del tokenismo es que muchos de quienes lo practican ni siquiera son conscientes de ello pues, confunden visibilidad con inclusión, representación con transformación y comunicación política con justicia social, creen que dar voz durante un evento equivale a resolver un problema histórico, cuando en realidad, solo están administrando percepciones.
La dignidad humana merece mucho más que eso.
Toda persona posee un valor que no depende de su utilidad política, de su capacidad para generar empatía ni del impacto que produzca una fotografía en redes sociales.
La dignidad no aumenta frente a una cámara ni disminuye cuando termina una campaña, es inherente a cada ser humano y, precisamente por ello, jamás debería utilizarse como un recurso de mercadotecnia electoral.
Los ciudadanos también tenemos una responsabilidad en este fenómeno, con demasiada frecuencia premiamos la imagen antes que los resultados, compartimos fotografías emotivas, celebramos gestos cuidadosamente preparados y damos por hecho que la cercanía física equivale al compromiso público.
En ocasiones olvidamos formular las preguntas verdaderamente importantes: ¿qué políticas impulsó esa persona?, ¿qué presupuesto aprobó?, ¿qué indicadores mejoraron?, ¿qué problemas resolvió?, ¿qué resultados pueden demostrarse más allá del discurso?
Las campañas deberían ser espacios para discutir proyectos de nación, políticas públicas, evidencia, indicadores y propuestas medibles. Sin embargo, con frecuencia terminan convirtiéndose en competencias por producir la imagen más emotiva o el video más viral, en ese contexto, el tokenismo encuentra el terreno perfecto para prosperar.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de confundir sensibilidad con espectáculo, de exigir menos imágenes cuidadosamente producidas y más resultados verificables, de recordar que ninguna persona debería ser utilizada para adornar un discurso político, por noble que parezca su intención.
Al final, una sociedad que convierte la dignidad humana en un accesorio de campaña corre el riesgo de olvidar que las personas nunca deben ser utilizadas como medios para alcanzar un fin, son, y siempre deben ser, el fin mismo de toda acción pública.
Nos vemos en la siguiente columna estimado lector.


