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Estela, mi única estrella…

Mujer de ojos cafés, le gustaban los días tibios y soleados, que el sol le diera en la espalda cuando lavaba ropa, siempre se levantó temprano, hacendosa y muy responsable, era puntual odiaba llegar tarde. Te decía las cosas de frente, sin rodeos y sentías que el mundo se abría porque no escaparías a sus palabras.

Era hermosa, siempre pulcra y con gran personalidad, le gustaba oler a perfume, de voz moderada, de mirada dulce… a menos que se molestara, porque entonces  nos decía todo con los ojos. Nos gustaba hacer de comer, se negaba a aprender a bailar, pero un día se dio cuenta que sí le gustaba y lo disfrutó.

Jugábamos a la hora del té cuando niñas en las tardes lluviosas y me servía café, de ahí mi gusto por esta bebida. Éramos cómplices en la ensalada de navidad. Las vacaciones eran lo máximo, nadar no era tu fuerte, te daba miedo, pero eras muy feliz en la arena.

Apurabas el trabajo doméstico para continuar con tu trabajo de diseñadora de modas, hacías vestidos de novia, quince años, fiestas de gala, drapeados, que al terminarlos decías “no sé ni cómo le hice”. Recuerdo que me iba a dormir, despertaba y seguías trabajando, eso me dolía tanto, pocas alternativas, mucho desgaste, poco ingreso.

Un día decidimos ser “emprendedoras” como ahora se dice, hicimos muchos pays de elote y de queso, cuando nos quedábamos sin dinero cuando fuimos muy muy pobres, momentos muy duros, que de manera silenciosa se fueron guardando esas angustias, preocupaciones y desconsuelos en tu cuerpo.

Te gustaba recorrer hasta el cansancio las calles de Venustiano Carranza, Corregidora, la Soledad, Merced, Santo Tomás, tu centro adorado y querido, diferentes tipos y géneros de telas, corrientes y finas, para vestir y para hacer trapos de cocina, lo disfrutabas en verdad, te gustaba trabajar y tener tu dinero.

Tu gran memoria fotográfica era indiscutible, de los grandes almacenes que recorríamos en época de invierno, ya que disfrutábamos mucho el olor a perfume cuando abrían sus puertas para que pasáramos y nos preguntabas que nos gustaba y nos decías te lo hago, no tengo para comprarlo pero lo tendrás, sabia siempre donde vendían las telas y en nuestros cumpleaños lo estrenábamos, igual al del gran aparador, nos amaba tanto.

Nunca hubo excusas para que dejáramos la escuela, saliendo de la escuela era ir a la tienda de Don Chava por unas galletas en cucurucho de papel por 20 centavos, las mejores galletas del mundo, otras veces un helado de Don Palomo, para mí el de guayaba era el mejor, siempre fuiste por nosotras a la escuela, nunca dejaste de ir a las juntas y la firma de la boleta, siempre nos decías que que bueno que éramos inteligentes, estabas tan orgullosa.

Siempre te levantabas, independientemente de lo terrible que hubiese sido el día anterior, siempre tuviste una actitud fuerte para hacerle frente a la adversidad, una vez me dijiste “no estás sola hija, te tienes a ti misma”, eso me marco fuertemente y fui otra.

Qué tal ir al pueblo, ni pensar cuando se perdieron los nietos, que susto en verdad, nos gustaba ir al pueblo a ver a nuestros bisabuelos, que habían luchado al pie del cañón con el General Zapata, campesinos revolucionarios, nos sentíamos orgullosas de ella Josefina y de el Gregorio, ayudábamos a desgranar el maíz de la siembra una vez secado para el nixtamal; abrir la llave del agua y tomar agua del volcán del Popocatépetl era lo máximo, jamás tomamos agua tan deliciosa. Comer la cecina con frijoles de la olla, queso blanco, salsa roja y tortillas en el clecuil es un manjar.

Te vi llorar y quebrarte muchas veces, de las más duras fue el divorcio y cuando te diagnosticaron Parkinson, aún así nos amaste y nos diste lo mejor, criaste a cada uno de tus nietos y los disfrutaste, cantaste las mañanitas de cada uno y me reía porque nos felicitabas a la hora en que nos habías parido, ni un minuto antes ni después.

Luchamos juntas por muchas cosas, aprendí la generosidad de ti, darle al que no tiene, repartir lo justo, compartir lo que tenemos. Te apoye y te defendí, tu hiciste lo mismo, nos dimos mucho amor, tanto que me diste mi primer aliento y me regalaste el ultimo de tu vida, te amo mamá, estoy llena de ti, soy mucho de lo que pensamos aun cuando no estábamos de acuerdo, lo único que siempre hubo fue amor, gracias por toda tu vida, gracias por tu viaje en este mundo, gracias por amarme aunque siempre fui rebelde, gracias porque siempre tuve tus brazos para acurrucarme y sentirme frágil.

Ahora eres una estrella en el firmamento y te extrañaré.

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