Durante los últimos años, la marihuana ha adquirido una presencia cada vez mayor en la conversación pública, se habla de su regulación, de sus posibles aplicaciones terapéuticas y del derecho de las personas adultas a decidir sobre su consumo. Sin embargo, también se ha extendido una idea equivocada que, por provenir de una planta o tener algunos usos médicos, es completamente inocua.
El pasado 25 de agosto, la Organización Mundial de la Salud publicó una actualización técnica sobre los efectos sanitarios y sociales del consumo no médico de cannabis (https://www.who.int/publications/i/item/9789240123274).
El documento revisa la evidencia acumulada desde su informe anterior, publicado en 2016, frente a un escenario caracterizado por nuevas formas de consumo, productos con diferentes concentraciones de sus componentes activos y una menor percepción social del riesgo, donde la OMS recuerda que el cannabis continúa siendo la sustancia psicoactiva sometida a control internacional más consumida en el mundo.
Hablar de sus riesgos no significa criminalizar a quienes lo consumen ni regresar a discursos basados en el miedo, tampoco implica desconocer el debate jurídico sobre su regulación, al contrario, significa aceptar que las decisiones personales y las políticas públicas deben construirse con información completa y no con la falsa idea de que la marihuana “no hace daño”.
El cannabis contiene diferentes sustancias, entre ellas el delta-9-tetrahidrocannabinol, conocido como THC, responsable de buena parte de sus efectos psicoactivos. Otro compuesto ampliamente conocido es el cannabidiol o CBD, que no produce la misma intoxicación que el THC, pero tampoco debe considerarse automáticamente inofensivo ni utilizarse sin orientación como remedio para cualquier padecimiento.
La existencia de medicamentos elaborados con cannabinoides tampoco convierte en terapéutico cualquier consumo de marihuana, pues un medicamento debe tener una composición conocida, una dosis definida, una indicación específica, controles de calidad y seguimiento profesional, así, fumar una planta de composición desconocida o consumir productos adquiridos sin regulación no equivale a recibir un tratamiento farmacológico.
En el corto plazo, el cannabis puede alterar la atención, la memoria inmediata, la percepción del tiempo, la coordinación y la velocidad de reacción. Estos efectos pueden ocasionar errores, caídas, accidentes o dificultades para tomar decisiones.
Algunas personas también pueden presentar ansiedad intensa, pánico, desorientación, paranoia o síntomas psicóticos transitorios, particularmente después de consumir cantidades elevadas o productos con altas concentraciones de THC.
Por esta razón, conducir después de consumir marihuana representa un riesgo real. Una persona puede sentirse tranquila y creer que mantiene el control, mientras su capacidad para reaccionar ante un peatón, otro vehículo o un cambio inesperado ya se encuentra disminuida. Combinar cannabis con alcohol puede intensificar esta alteración, por lo que la recomendación es sencilla, si se ha consumido, no se debe conducir ni manejar maquinaria.
Los riesgos no son iguales para todas las personas ni para todos los patrones de consumo, pues dependen de la edad de inicio, la frecuencia, la cantidad, la concentración de THC, la vía de administración, la combinación con otras sustancias y los antecedentes individuales. No es lo mismo una exposición ocasional en una persona adulta que un consumo diario iniciado durante la adolescencia.
La adolescencia merece especial atención porque el cerebro continúa desarrollándose durante esta etapa y los primeros años de la vida adulta. El consumo frecuente puede interferir con procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria, la atención y el control de los impulsos, mientras más temprano comienza y más frecuente se vuelve, mayor es la preocupación por sus consecuencias académicas, familiares y sociales.
También deben tener especial cautela las personas con antecedentes personales o familiares de psicosis, esquizofrenia u otros trastornos mentales. Esto no significa que todas las personas que consumen cannabis desarrollarán una enfermedad psiquiátrica, sin embargo, la evidencia muestra una asociación entre el consumo frecuente, sobre todo de productos con altas concentraciones de THC, y un mayor riesgo de presentar o agravar ciertos trastornos psicóticos.
Otro error común es afirmar que la marihuana no genera dependencia. Aunque no todas las personas que la prueban desarrollan un trastorno por consumo, el riesgo existe y aumenta con el inicio temprano y el uso frecuente. Puede manifestarse como dificultad para reducir o suspender el consumo, necesidad de utilizarla cada vez más, abandono de responsabilidades y persistencia a pesar de que ya ocasiona problemas.
La vía de administración tampoco elimina los riesgos, fumar cannabis expone las vías respiratorias al humo y puede favorecer irritación, inflamación y síntomas de bronquitis, por otro lado, vapear no convierte automáticamente al producto en seguro, especialmente cuando se desconoce su composición. En los productos comestibles, los efectos pueden tardar en aparecer; esto puede llevar a consumir una segunda cantidad y provocar una intoxicación más intensa de la esperada.
Durante el embarazo y la lactancia se recomienda evitar su consumo, los componentes del cannabis pueden llegar al feto o al lactante, y su uso durante el embarazo se ha relacionado con alteraciones del desarrollo fetal y menor peso al nacer, así, el utilizarlo sin supervisión para controlar las náuseas no es una alternativa segura y debe sustituirse por una valoración profesional.
En México, un análisis de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025 estimó que 1.4 % de la población de 12 a 65 años había consumido cannabis durante el último mes, aproximadamente 1.3 millones de personas, aunque la prevalencia general es relativamente baja, entre quienes reportaron consumo actual, 49.2 % lo hacía semanal o diariamente y 26.6 % reconoció problemas físicos o emocionales propios o causados a otras personas.
Estas cifras no justifican el alarmismo, pero tampoco la indiferencia, pues el problema no consiste solamente en determinar cuántas personas han probado marihuana, sino en identificar quiénes la consumen con frecuencia, a qué edad comenzaron y qué consecuencias están experimentando.
Algunas señales de consumo problemático son necesitar cannabis para dormir, tranquilizarse o sentirse “normal”, aumentar progresivamente la frecuencia o la cantidad, intentar dejarlo sin conseguirlo, descuidar los estudios, el trabajo o la familia, conducir después de consumir, o continuar utilizándolo a pesar de reconocer sus efectos negativos. Ante estas situaciones se debe buscar orientación profesional, sin vergüenza y sin temor a ser juzgado.
La marihuana no es la sustancia devastadora que algunos discursos han presentado durante décadas, pero tampoco es el producto inocuo que ahora se pretende normalizar y reconocer sus posibles aplicaciones terapéuticas no obliga a negar sus riesgos, como tampoco defender una discusión informada sobre su regulación significa promover su consumo.
La normalización social no modifica su farmacología ni hace desaparecer sus efectos.
Así, al hablar de la marihuana con evidencia, objetividad y responsabilidad no es estigmatizar a quienes la consumen, es proteger la salud pública.
Nos vemos en la próxima columna, estimado lector.


