El mundo viejo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
En ese claroscuro, surgen los monstruos
- Antonio Gramsci
Nuestros tiempos se caracterizan por la vivencia, o mejor dicho, supervivencia, en una policrisis que parece una hidra de Lerna, que cuando se le corta una cabeza, aparecen dos más. Esto pasa tanto en nuestras vidas personales como en nuestra vida común.
Antes, cuando pensábamos en una crisis, hablábamos de algo inesperado, que generaba incertidumbre, que exigía respuestas inmediatas, pero que era algo temporal. Se trataba de algo que nos movía del rumbo que llevábamos y que de la nada cambiaba nuestra ruta, nos quitaba control y nos hacía improvisar y adaptarnos al nuevo destino. En el discurso motivador, una crisis era una oportunidad de transformarnos. Lo que no me mata, me hace más fuerte, decía Nietzsche. Una crisis terminaba cuando se establecía un nuevo orden que más o menos nos permitía continuar con la vida. En la policrisis, tenemos que aprender a adaptarnos al caos.
La policrisis es un entramado de crisis de diferente naturaleza que se retroalimentan y refuerzan una a la otra y donde la respuesta que se demanda es inexorablemente compleja, pues las soluciones a las crisis más urgentes, desbocan a las demás crisis que están entrelazadas en un sistema. Así, una crisis económica puede derivar en una de salud, de vivienda, de relaciones inter e intra personales, de seguridad y de un largo etcétera. En una actitud de víctima, el “sino hubiera” puede convertirse en la causa última donde todos somos inocentes. Pero la policrisis nos deja claro que el efecto mariposa es real: estamos tan interconectados todos los seres humanos que no hay forma de estar exentos y salir ilesos de lo que pasa en el mundo. Nuestra propia respuesta a una crisis determina el rumbo de la siguiente crisis que nos afectará a nosotros mismos y a los demás. Es por eso que la policrisis nos exige primero hacernos fuertes y desarrollar capacidades para enfrentar entornos complejos para así poder navegar por ella.
Los conflictos geopolíticos, por ejemplo, tienen impactos económicos que están desatando crisis sociales que a su vez detonan nuevos movimientos migratorios que retroalimentan esos mismos conflictos geopolíticos y crean nuevos. Esto trae más retos económicos, más inequidad social y más polarización, amenazando incluso con el resurgimiento del fascismo con una resistencia de izquierda que tiende a hacerse extrema.
En este escenario de debilidad estructural de la sociedad, los desastres naturales y los daños artificiales al medio ambiente, están haciendo presencia de manera abrumadora y dejan en evidencia los grandes fallos humanos ante la policrisis, pues las afectaciones resultan, como siempre, en la profundización de la vulnerabilidad de los que ya de por sí son vulnerables. Sin embargo, la policrisis no se conforma con eso: se comporta como un agujero negro, jalando hacia su centro a nuevos fracturados durante las crisis aumentando la población en vulnerabilidad.
El mundo en policrisis no va a encontrar respuestas en el avance tecnológico, sino en la fuerza interna de cada persona y de la comunidad. Para enfrentar un mundo tan complejo, necesitamos una capacidad de pensamiento y respuesta del mismo nivel. Hoy más que nunca, las personas necesitamos beber el conocimiento para que éste sea parte de nosotros, y que no esté en la punta de nuestros dedos en una conversación con una inteligencia artificial. Necesitamos que nuestro cerebro genere redes neuronales que nos permitan responder e incluso anticiparnos a los retos que la policrisis nos pone y nos seguirá poniendo en el transcurso del tiempo.
De la misma forma, ninguna inteligencia artificial es capaz de forjar el espíritu humano para que las personas podamos encontrar sentido, paz y felicidad a pesar de y no gracias a. Esa es la pauta de nuestros tiempos.
En la policrisis, la meritocracia no alcanza para brincarnos las páginas de nuestra propia historia donde las crisis nos ponen a prueba. La policrisis es la voz cantante de nuestra vida común, y nos pone a todos en el mismo rasero.Y justo eso es lo que nos convoca a traer la mirada hacia dentro de nosotros mismos y trabajar con nuestro mundo interior, para no identificarnos con la desgracia, sino más bien prepararnos para mitigarla. Para hurgar en lo más profundo de nosotros y encontrar dentro y no fuera, el significado más auténtico de nuestra existencia para que caminemos la vida con esperanza, sabiendo que, en un mundo enredado en crisis, cada paso, vale la pena, y como pregonó Roberto Benigni, que a pesar de todo, la vida es bella.


