Nudos de la vida común. La tríada del carácter

Nuestro carácter es el resultado de nuestras conductas

  • Aristóteles

El carácter, decía Carlos Llano, es la aplicación de la inteligencia a la voluntad. Esto es una buena noticia para quienes ejercen una posición de influencia sobre otros, pues significa que este atributo medular de los líderes es una capacidad que se puede desarrollar. En esta entrega,amables lectores, les invito a una mirada tridimensional del liderazgo: el yo, el nosotros y los resultados, en la cual se forma y se despliega el carácter del líder.

El yo en este contexto se refiere a la determinación del líder de tomar responsabilidad sobre sus objetivos y las metas. Con ser responsables, no nos referimos a cargar con culpas, sino por el contrario, a jugar un rol activo en la elección de resultados y de las formas de alcanzarlos. Es rendir cuentas y tener respuesta sobre las razones del éxito o del fracaso de una encomienda manteniendo el control sobre uno y otro, sin trasladarlo a terceros y manteniendo una comunicación transparente del progreso y de las decisiones tomadas en la ruta hacia el logro de los objetivos.

Este ejercicio de autoconciencia mantiene al líder en una posición de propietario de los resultados. Esta primera dimensión del carácter resulta vital, pues en el mundo del trabajo, impulsa una cultura de alto desempeño, elimina la procrastinación y genera confianza suficiente entre los miembros del equipo para que ellos a su vez tomen iniciativas ágiles en la solución de problemas en lugar de esperar a que alguien les diga qué hacer. En el ambiente político y social, esta apropiación de los resultados con estas características asegura que los servidores públicos actúen en el mejor interés de la comunidad, utilicen los recursos de manera transparente y adecuada y asuman las consecuencias de cualquier conducta desviada del bien común.  A nivel de crecimiento personal, esta formación del carácter del individuo donde se adueña de sus tareas y resultados, le permite formar hábitos de disciplina y desarrollo permanente, con la capacidad de ver en los errores oportunidades de aprendizaje.

La segunda dimensión es el nosotros y se refiere al sostenimiento de relaciones productivas y satisfactorias en la persecución de un objetivo. No se trata de forzar amistades, sino de tomar consciencia de que en la conjunción de esfuerzos, cada miembro del equipo tiene sus propios objetivos, ya sea relacionados a la tarea o a intereses personales y que para que se logre la sinergia de esfuerzos, se requiere de la suma de voluntades. Para que esto suceda, las personas necesitan percibir la confianza de que en la encomienda que emprenden, se lograrán tanto los objetivos comunes como los personales y que existe una seguridad psicológica donde se puede disentir y expresar necesidades de forma libre,  donde lejos de temer una represalía, se sepa que el hacerlo construye y solidifica al equipo de trabajo. Lo contrario de esto es el callar o evadir para no incomodar y no correr riesgos, con lo cual lo único que se logra es destinar los esfuerzos al despeñadero.

La tercera dimensión son los resultados. Toda relación social necesita de resultados. Si hablamos de las empresas, se trata del logro de objetivos y metas, ya sean financieras, sociales o ambientales. Si nos referimos a la vida común, estos resultados lucen como armonía, paz social, oportunidades igualitarias de desarrollo y de una existencia plena. Si hablamos de relaciones interpersonales, los resultados pueden ser, a modo de ejemplo, apoyo mutuo, convivencia sana y constructiva, gozo de la vida, experiencias que alimenten tanto el espíritu de las personas como el desarrollo de la propia relación. Aún cuando en una relación social no seamos conscientes de los resultados esperados o bien, que no los hayamos verbalizado, el logro de estos subyace como condición a la permanencia y continuidad en la relación. Aportar a estos resultados es un ejercicio de la voluntad para invertir en la relación tiempo, esfuerzo y recursos, con la tenacidad que logra derribar limitaciones y que está dispuesta a continuar a pesar de los abismos y a recibir desde las capacidades de cada quien y a entregar según las necesidades de cada cual.

El carácter de un líder requiere formarse en las tres dimensiones para poder cumplir con su propósito desde el rol que asume.  Enfocarse en el nosotros y en los resultados sin asumir responsabilidad personal, genera desconfianza y condicionalidad de los esfuerzos. Enfocarse en el yo y en los resultados, sin atender el nosotros, puede convertirse en tiranía o crear silos internos de poder. Enfocarse en el yo y en el nosotros, puede convertir al equipo en un club social, donde los resultados se dejan al azar.

Es un mito que el carácter se forja únicamente desde la adversidad. El verdadero carácter viene de la voluntad de asumir un compromiso por transformarse a sí mismo y al entorno desde esta triple dimensión: el yo, el nosotros y los resultados. Hacerlo así, puede convertirse en nuestro mejor legado como líderes a nuestra vida común.

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