Nudos de la vida común. El trabajo y la (des) esperanza

La doctora en Administración, Lilia Patricia López Vázquez,

La esperanza se opone a la angustia por su carácter. Se opone incluso como sentimiento porque no aísla, sino que vincula y mancomuna

  • Byung-Chul Han

El día internacional del trabajo es una prueba contundente de que el mundo laboral debería ser un lugar privilegiado de construcción de esperanza. Sé, de antemano, amables lectores que el nudo de hoy les pintará una utopía, sin embargo, pretendo con esta edición compartir algunas reflexiones sobre la responsabilidad de la empresa en la creación de contextos que favorezcan la confianza en el futuro a las y los trabajadores.

El primero de mayo se conmemora la lucha por los derechos laborales por parte de las primeras organizaciones obreras.  Estas personas precursoras de las organizaciones sindicales, emprendieron una lucha acorazadas en esperanza: iniciaron un movimiento de búsqueda de un cambio nacido de una profunda desesperación, la necesidad de reubicar el rol del trabajo en la vida común.

Los mártires de Chicago, aquéllos trabajadores ejecutados en la revuelta de Haymarket en 1886, demandaban la reducción de la jornada laboral que llegaba hasta 16 horas diarias y exigían condiciones laborales salubres y seguras, así como un salario digno. Es decir, apostaron sus vidas por un ideal de esperanza: el trabajo debe ser distinto. Estamos hablando de que desde finales del siglo XIX ya se clamaba por una jornada productiva que no impidiera el desarrollo de la vida personal,  sino que por el contrario, que fuera una fuente de florecimiento humano.

Pero, ¿qué es lo que pasa siglo y medio después de estas primeras manifestaciones? Vivimos en un régimen socio económico que hace apología a la competitividad y a la productividad, con reglas de un juego que tiene como objetivo ganar mercado y desplazar a la competencia. La creación de valor sigue significando la generación de utilidades que permitan que la empresa crezca alimentando el ego de sus líderes. Para lograr estos objetivos, la fuerza laboral se traduce en un costo, al cual hay que sacarle la mejor relación posible de ingresos y egresos. Para obtener un mayor desempeño del trabajador, se le incentiva a competir con sus compañeros, a ser más productivo, más creativo, más ágil y con mayores aciertos en resolución.  Esta competencia interna genera aislamiento, desanima la colaboración, pero sobre todo, produce miedo. El personal se sigue gestionando con la parábola de la zanahoria y el garrote: hay un incentivo, que nunca alcanzas, pero está ahí para que sigas caminando y un garrote con el que se te golpea para que no dejes de avanzar. La amenaza de la posibilidad de perder el trabajo es una sombra permanente, oscurecida aún más con la presencia penetrante de la inteligencia artificial. Este miedo es el que lleva a la tolerancia de ambientes de trabajo de acoso, discriminación y abuso, en todos sentidos. Este miedo mantiene los niveles salariales en una espiral sin freno de pérdida de valor adquisitivo, aún cuando la cuota mínima diaria se haya incrementado en máximos históricos en los últimos años. Más aún, este miedo nos ha empujado a que el trabajo sea la prioridad de nuestras vidas, sobre la familia, la salud, la comunidad, el desarrollo personal, la espiritualidad y el goce de la vida.

El miedo a perder la fuente de sustento es real y lleva a los trabajadores, de todos niveles, a vivir en angustia permanente, como si los vaivenes de la vida  no fueran suficientes para mantener al alma entretenida.  Esta angustia hace que el sentido de vida se disuelva y entonces, germina la desesperanza. Y eso, no es el propósito del trabajo.

La función primigenia del trabajo es dignificar a la persona a través de la generación de oportunidades para que desarrolle sus capacidades humanas en la creación de valor para sí y para su entorno. El trabajo dignifica al permitir a cada persona satisfacer sus necesidades de existencia, no sólo las económicas, sino también todas las que corresponden a las dimensiones humanas: cuerpo, intelecto, emociones y espíritu. Y esto es así por una razón:  la desintegración de la persona al considerar solo su rol económico resulta en una pérdida de valorización que repercute de manera directa en su calidad de vida, y de manera paradójica, en su productividad.

La empresa, más que receptora del trabajo, necesita concebirse como una impulsora de las potencias humanas. Ahí es donde realmente se crea un valor ilimitado, pues no depende más de los finitos recursos materiales y tecnológicos, sino de la infinita capacidad de las personas.

Pero para ello, la empresa necesita partir de lo más básico: tener y compartir un propósito que apele a la naturaleza humana, que conecte con la esperanza como esa fuerza que da crédito a un presente que está construyendo futuro. El propio objeto de la empresa necesita tener un significado valioso para la vida común. El ambiente laboral necesita ser diseñado para que sea en sí mismo, el motivo para acudir a trabajar, pues en él cada trabajador encuentra una gran forma de gastar su vida. El carácter remunerador del salario, como lo nombra la Ley Federal del Trabajo, debería ser letra viva, permitiendo a las personas trabajadoras satisfacer todas sus necesidades, no solo una canasta básica. Las posibilidades de desarrollar sus capacidades y la oportunidad de ser un agente que teje bienestar en la vida común deberían ser el contexto que de sentido e intención a cada colaborador.

Les estoy compartiendo un sueño, amables lectores, lo sé. Pero necesitamos soñar, repensar y actuar juntos, cada quien desde su trinchera, si queremos sembrar esperanza en nuestra vida común.